Frente al micrófono, el cantante es consciente de las emociones que va a provocar.
Sobre el escenario muestra una cautivadora fragilidad. Y cogiendo el micrófono comienza a cantar una canción. La letra se asemeja a un poema y parece haber sido escrita por alguien que ansía compartir con el mundo la necesidad de ser redimido.
El artista crea en el público asistente una expectación desconcertante cuando, cantando rompe a llorar:
-Mi canción realmente es una pequeña historia
una historia que tiene un gran simbolismo;
un simbolismo que ha quedado impreso y que, desgarrándose, también me desgarra a mí al interpretarla.

Micrófono.

La bella niña de la adolescencia
ofrece su boca virginal a unos labios que fueron ensuciados con cientos de besos.
Y el villano olvida los pecados cometidos al abrazar a su amada con inocencia.
Jamás mis manos me permitieron mancillar el cuerpo del ángel que mis ojos vieron en ti.
Y mis ojos se vuelven llanto al recordarte…

La linda dama que forma parte de mi vida
solo existe dentro de mi corazón.
Hace tiempo se volvió eterna.
Desde entonces, el aroma de su esencia me visita en sueños transformado en humo negro.

La hermosa mujer que fue mi amor
revive mi pensamiento.
Solo así evita que yo muera de madrugada. Porque me resucita con su presencia inmaterial.
Pero aun vivo, nada puede devolverme a la realidad. Y desde mi encierro enloquezco cada día un poco más.
Lo único que, momentáneamente, cierra mi herida es un instante…
Y el instante es ahora, cuando el hombre -disfrazado de artista- se vacía
mientras cantando rompe a llorar.

El cantante abandona el escenario. Lentamente los espectadores lo abandonan.
La noche cae en un recinto oscuro y silencioso.
La actuación forma parte del pasado y parece no haber existido.
Justo donde ha estado de pie un pequeño charco hace la misma función que el testigo que, con su confesión, deja constancia de aquello que ocurrió; sin embargo… Como tú, la huella del llanto desaparecerá.