Aquel día, mientras daba mi matutino paseo diario por la orilla de la playa me tope -junto a unas rocas con algas- con los restos de lo que parecía ser un castillo de arena.
De inmediato la Fantasía que habita en mí hizo funcionar los engranajes. Las ruinas del castillo quedaron atrás, yo continué caminando sobre la húmeda arena. Si bajaba la vista al suelo veía como las olas del mar rompían en mis tobillos llenándolos de espuma y granitos de arena. Por el contrario, si alzaba los ojos al cielo la bruma marina me impedía ver los tesoros que oculta el cosmos. Tesoros, cuántos más guardarán los océanos en sus profundidades. Tantos como secretos almacenados en los corazones de la humanidad.

Llegué al final de la playa y, girándome para volver a recorrer el camino, busqué las huellas hundidas de mis pies en la arena. Sin embargo… Ya no estaban. Habían desaparecido. Alguien se las había llevado.

Apenada caminaba. El silencio que anhelaba lo rompía en mi interior el movimiento de las ruedas del engranaje invisible: mi Fantasía no daba tregua. E hizo acto de presencia. Mirando al horizonte vi asomar por el agua los lomos de una ballena gigantesca. De pronto salió un chorro de agua idéntico al que emana el surtido de una fuente. Y por arriba asomaron un caballito y una estrella de mar. Estaba perpleja; y más perpleja quedé cuando les vi salir disparados cual cohetes hacia el cielo. En su fugaz viaje al firmamento habían dejado una estela, era como vapor de agua. Y uniéndose en forma circular creó una nube que imitaba la figura de un bello corcel.
Al instante una estrella se posó en su lomo y el caballo comenzó a cabalgar por el aire en dirección a la playa. Mientras todo esto había acontecido yo había llegado justo donde estaban los restos de lo que fuera un castillo de arena. El corcel y la estrella esperaban allí: soy el arquitecto de los sueños.- Dijo la estrella.- Y quiero que tú construyas para mí un castillo de arena.
-Yo nunca hice castillos en la arena.- Respondí.- Solo fabrico castillos de fantasía.
-No importa que no hayas fabricado castillos con la arena, si los fábricas con la Fantasía podrás hacerlos de arena también.
-Pero ¿Por qué quieres un castillo de arena?- Pregunté.
-Porque lo necesito para vivir en él. Solo así mis sueños se cumplirán.
-Ten cuidado con lo que sueñas: si pides con fuerza que se materialicen corres el riesgo de que se hagan realidad ¿Realmente quieres que haga para ti un castillo con arena? ¿No prefieres volver a tu antiguo hogar?
-Yo no tengo casa. He salido del interior de tu cabeza. En verdad tú eres mi dueño. Y por una razón que solo tú conoces estoy aquí pidiéndote esto. Porque es un deseo que tú has pedido. Y no lo sabes aún.

La estrella decía la verdad. Y sí, yo sí lo sabía. Infinitas veces había intentado hacer castillos… Era arquitecta y, tras dibujar miles y miles de planos, mis sueños se habían frustrado. Nunca había sido capaz de fabricar ni uno solo de aquellos castillos. Porque se habían roto, incluso antes de haberlos diseñado.

Para cuando quise responder la estrella y el caballo se habían esfumado. Y yo me quedé un largo rato allí, donde había estado el castillo de arena. Ya no había nada de él.

 

Cuando anhelamos algo ¿Queremos que se convierta en realidad?
Cuando soñamos ¿Necesitamos que los sueños dejen de ser sueños? Estos fueron los interrogantes que me asaltaron.

Mi Fantasía se fue a dormir. Supongo que a ella también le gusta soñar.

Ya en el apartamento decidí que el resto de la jornada la pasaría encerrada.
Dibujé, dibujé e hice mil borrones y garabatos, hasta que finalmente tuve entre mis manos el diseño de la casa con la que siempre había soñado: el plano de mi apartamento. Aquel apartamento era mi casa, el hogar perfecto y soñado.
Durante mucho tiempo anduve buscando lo que ya tenía, intentando inútilmente, materializar el sueño que era real.

Y aquella noche soñé que habitaría para siempre en mi particular castillo de arena.