Portada de la antología Semillas de bosque.

Los domingos me dedico a pasear por los senderos que surcan la sierra madrileña. Deambular entre las murallas de los altos pinos que la Madre Naturaleza ha forjado a lo largo de años, me traslada a la infancia que pasé en mi tierra natal, allá por Cantabria. De mi ayer hasta este presente ha llovido, nevado. El cielo se ha cubierto de rayos y truenos, el sol y la luna han iluminado mi existencia… Y mis sueños, tanto cuando soñaba durmiendo o cuando lo hacía despierta. Y entre medias… Han sucedido tantas cosas… Sin embargo, parece que algo haya cambiado en mi planeta, ¿Inevitablemente? No, podría haberse evitado. El hombre podría haberlo hecho. Parajes, ríos; ciudades o selvas… En parte están arrasados, cuando antaño fueron fructíferos y hermosos.

El cambio que menciono desgraciadamente es veraz. Ahora todo el paisaje es diferente, la humanidad ha destrozado el medio ambiente. Por ello el mundo animal llora de tristeza.
La tala masiva de árboles en el Amazonas -considerado un gran pulmón natural- ha contribuido al cambio climático. Es probable que las aves que surcan los bosques, las campiña y las verdes praderas, se pregunten mientras revolotean en el aire, ¿Por qué los seres humanos, si son inteligentes, están desolando el planeta?
Cuando de niña mis pies se hundían bajo las arenas de las playas cántabras, decoraban en ellas corales, caracolas pequeñas y conchas de colores. Hoy, en los granos de arena de esas playas paradisíacas solo hay restos de basura. Y donde la naturaleza había formado un paraíso, la mano del hombre lo ha ido sustituyendo por un estercolero. Ahora, cuando voy a perderme por el monte siempre llevo conmigo una bolsa vacía de plástico para poder llenarla de objetos que otros, bien por desidia, bien por ignorancia, vierten en él.

En mis múltiples viajes contemplé lagos y cataratas; incluso he podido sentir en la piel de mi cuerpo las eternas aguas de algunas de las cascadas que invaden islas sitas en el mar Caribe y en los océanos Índico o Pacífico. En el pasado, en Noruega, derramé lágrimas frente al glaciar de Brickdal al tiempo que el hielo iba desprendiéndose de sus abruptas y gélidas paredes. También al norte de Europa, pasado el Círculo Polar Ártico, enmudecí absorta viento la aurora boreal. Y junto a los moáis de la isla de Pascua, desde la pasarela artificial que separa la frontera natural de Argentina con Brasil en las cataratas de Iguazú, en mitad de las erosiones del Gran Cañón del Colorado, he visto florecer mágicos arco iris que parecían estar fabricados con cristal… Entonces he pensado: las luces del Norte y los colores puros de la luz permanecen intactos… Todavía, allí arriba.
Somos un conjunto de átomos; un punto microscópico que renació en el cosmos. Un círculo, una esfera gigantesca que del mismo modo que existe, en un futuro impreciso… Desaparecerá. Dilapidemos la negligencia, tomemos conciencia de lo afortunados que somos simplemente por vivir. Cuidemos nuestra Tierra, al medio ambiente. Es incongruente tener que invertir tiempo y dinero en repoblar y limpiar lo que fluyó como creación perfecta porque caprichosamente, invirtiendo asimismo dinero y tiempo, todos y cada uno de nosotros lo estamos destruyendo.
Es cierto que la contaminación me impidió divisar el amanecer en países del sol naciente; pero debo añadir que -observando como el ocaso pincelaba su particular acuarela abstracta- la emoción se apoderó de todo mi ser en Maldivas, con lo cual…
… Aun queda esperanza.

El relato forma parte de la antología solidaria Semillas de bosque
VV.AA.