Cristo Redentor en el monte de El cerro del Corcovado. Parque Nacional de la Tijuca. Río de Janeiro. Brasil. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Alguien me dijo recientemente: pregúntale a tu Dios por qué nos castiga.
Mi Dios no nos está castigando, contesté. Es la humanidad quien se está castigando a sí misma, fabricando jinetes apocalípticos.

Pero quizá llegué el día en que un dios sí castigará por todo el mal provocado.
Y sus discípulos ya no podrán seguir amparándose en un caballo de Troya, ni podrán justificar el por qué de los actos inmundos; actos que dejan de ser intangibles cuando la carne se deja embaucar por los siete pecados capitales.

Que el mundo se esté destruyendo no es responsabilidad de tu Dios ni del mío. Porque nadie destruye lo que ama.
Los dioses no está enviando plagas a la Tierra, es la mano del hombre, y su ansia de poder, quien lo provoca.
¿Acaso no sabes que los que te colocan en un pedestal para divinizarte son los mismos que dejarán que caigas en las redes del olvido cuando ya no les intereses?
¿Realmente se aprende la lección?

Quien se deja llevar por el odio y la venganza, en vez de por el amor y el perdón, no será castigado tras el juicio final, no. Su castigo lo está recibiendo en vida. Porque en la existencia que aguarda tras la muerte no hay lugar para castigos ni venganzas, pues estamos destinados a ser felices y a convertirnos en luz.

Quien finalmente comprende que, aun tras caer en las siete tentaciones -a sabiendas de salir impune-, el fin de una persona es ser espíritu, se rinde ante todos los dioses para que le quiten las vendas que ciegan, ya no los ojos, sino el alma.

Y podría seguir escribiendo y escribiendo y escribiendo acerca del por qué los dioses no castigan.
Pero ahora que, ni aun queriendo, sucumbo a tentaciones, prefiero invertir el tiempo de mi vida en disfrutar del mundo, mientras exista, pues no encontré mejor modo de conectarme con mi Dios.

(Reflexión escrita el martes, 2 de agosto de 2022, en Tavernes de la Valldigna. Valencia. España).