Playa de Levante. Benidorm. Alicante. Comunidad valenciana. España. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Tras mi última ruptura amorosa, de la que salí escaldada y con más cuernos que un ciervo -todo hay que decirlo- decidí que no volvería a implicarme sentimentalmente con nadie más. Pero como el destino es impredecible, y el ser humano es el único animal que tropieza no dos, sino varias veces con la misma piedra, basta que tuviera este pensamiento para que al mes del desengaño en mi vida se cruzara un hombre al que en cuanto le vi los ojos me hicieron chiribitas. Y no solo los ojos me hicieron chiribitas, en otra parte más baja de mi cuerpo me sobrevino una sensación… ¿Cómo explicarlo? Parecía que me hubiera sentado en un charco de gaseosa porque sentía como burbujitas, por decirlo de un modo suave. (Y es que en el tema de expresarme tengo que moderarme, de naturaleza soy más bruta que un arado).
Al de las chiribitas le conocí en una discoteca de las que dicen desguace por estar mayormente frecuentada por jubiletas. Y aunque yo aún no lo estoy, gusto ir a ellas solo para ver bailar a las parejas como se bailaba en tiempos de Maricastaña. Lo sé, para ser una treintañera soy más antigua que los balcones de madera; pero es que disfruto más que un tonto con una tiza viéndoles bailar “apretujaos” y arrimando la cebolleta. Que sí, que además de antigua soy más simple que el asa de un cubo. Pero nadie es perfecto y yo siendo como soy no hago daño al prójimo.
No será porque mi madre no me aleccionó y educó para que fuera fina. Naaada. No pudo conmigo y siempre está con el qué dirán:
-Qué chiquilla, qué cosas tiene ¿No ves que me pones en evidencia? Qué dirá la gente, qué dirán los vecinos.
Y dale. Tres pimientos me importan a mí lo que digan los vecinos ¡Ni que mi vida dependiera de ellos o me dieran de comer! La que me mantiene es mi nómina, que soy funcionaria del Ministerio de Agricultura y Pesca. Y voy a mi bola porque me importa un pito el qué dirán. Pues parece que no lo entienden porque cuando no es mi madre es la otra. La otra es una medio hermana que tengo por parte de padre. Es mulata, su madre es de Tanzania, y me tiene frita con el qué dirán. Y cuando no es mi madre y la otra, es otra “otra”. Porque mi padre -que era más feo que Picio pero tenía muchas perras- de soltero fue un tanto promiscuo y tuvo varios amoríos, y de uno nació otra hermanastra. En concreto esta me tiene… Dios, mira que sabe que me caliento enseguida y me mosqueo con una de pipas. Estoy del qué dirán… En cuanto oigo eso del qué dirán los vecinos… Dios, me llevan todos los demonios del infierno. Dios, si son las tres iguales y lo hacen a posta. A mí quien me busca me encuentra y saben que con esto me pican… Y Dios, si solo con hablar de ello me enervo.
Al poco de las chiribitas nos ennoviamos, y aunque entre nosotros había treinta y seis años de diferencia, el hombre tenía un sex-appeal que me hacía estar más empanada de lo que ya lo soy yo de por sí. A las nueve semanas y media del noviazgo, y para celebrarlo, nos fuimos de vacaciones a Benidorm. Dios, yo que no había salido de Cantabria, cuando llegué al resort y me dijeron que allí podríamos comer y beber cuanto quisiéramos… Dios ¡Casi me da un parraque de la emoción!
En aquella semana vacacional vinieron los primeros problemillas.
Descubrimos que teníamos distintas formas de disfrutar y divertirnos, y el enunciado “dos que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición” quedó en entredicho. Mientras que mi novio ansiaba que llegara la noche para bailar al ritmo de Living La Vida Loca, yo mataba el tiempo zampando y dándole al drinking.
El planning diario era este: nos levantábamos a desayunar e íbamos en bañador a la piscina del hotel. Y mientras que mi novio hacía ochocientos largos, yo le esperaba en la barra del bar con un vermut y unas aceitunas. Cuando terminaba de nadar subíamos a la habitación para ponernos algo de ropa y bajábamos directos al comedor. Del comedor, vuelta a la habitación y hala, salíamos pitando a la playa para tomar el sol. Él se tiraba en la toalla como un lagarto y yo: yo soy más práctica y regresaba al hotel a tomar unas cervezucas. Al caer la tarde me recogía en la barra del bar “empapao” en sudor -hacía footing tres cuartos de hora- y venga, “parriba” otra vez para ducharnos y vestirnos y bajar al restaurante a cenar. Después de cenar nos dejábamos caer por la disco y mientras yo me tomaba una pila de cubatas él danzaba por la pista al acecho, yendo a la caza de chavalas para sacarles a bailar.
Así paso: el romance se fue al garete, y yo terminé con una cornamenta que ni te cuento (y con cuatro kilos de más).
Desde entonces no he vuelto a pisar más discotecas porque Dios ¡Qué manía las he cogido!
-Dios, estás “desambria” y comes como si se fuera a acabar el mundo. Y Dios, eres una “insaboría” que no bailas ni por recomendación-. Fue lo que me dijo antes de romper conmigo.
Esto de la condición y el colchón va a resultar ser cierto, al final algo mío se le pegó a mi ex.