Terminal T4 del aeropuerto Adolfo Suárez Madrid – Barajas.

Un día, trabajando en el aeropuerto Adolfo Suárez Madrid – Barajas, me pasó por el control policial el típico negro americano, así, alto y delgado y con un bigotillo muy “apañaete”.
El hombre venía en un vuelo de Londres, y al verle, le pregunté en mi inglés de dónde era.
-I´m from Philadelphia-. Contestó en el inglés americano que tiene esta gente. Y yo en vez de decirle, ah, pues qué bien o qué bonita ciudad (pues la visité hace años), exclamé en castellano.
-¡Muy buen queso!

Y así fue como se inició la mejor conversación que he tenido con un pasajero americano en mis 17 años trabajando como agente de fronteras en el aeropuerto madrileño.
Os cuento.
El muchacho, al escucharme aquello de ¡Muy buen queso!, comenzó a soltarme una parrafada en su inglés americano, al tiempo que señalaba el finger -pasarela de acceso a la aeronave- por donde había venido.
Y puestos a hablar de la gastronomía mundial pensé: como la cosa ha comenzado con un queso de su pueblo, que termine con un plato del mío. E imitando su gesto, es decir, señalando al avión del que acababa de salir, le solté así:
-Niño, no sabría decirte si hoy, en el menú del comedor de los trabajadores, habrá rabas; pero de haber, qué buena ocasión “pa” probarlas porque están para chuparse los dedos.
-Okay-. Dijo con una sonrisa grandísima, grandísima. Y se marchó de vuelta “pal” finger en dirección al avión.
¿Dónde irá este hombre? Me pregunté yo.
Y seguí a lo mío, pensando: rabas por allí no vas a encontrar, pero bueno, al menos me has hecho caso.
Y al ratuco, ahí le veo venir con el brazo levantado y agitando un papel en la mano. Y plantando el papelito (que era el formulario de inmigración que todo ciudadano, no comunitario, debe rellenar), preguntó:
-Okay?
-Ok, majo-. Respondí, pues sin entender ni papa lo entendí todo.
Entonces me dio el pasaporte americano y el formulario de inmigración relleno. Y le sellé el pasaporte, tras coger el formulario, cortarlo y darle un trocito a él.
Y nos despedimos.
Mira, iba el muchacho más contento que unas castañuelas. Y yo que no salía de mi asombro le dije a mi compañero:
-Compañero, hay que joderse las sorpresas que le tiene a uno reservado la vida. Porque jamás me había entendido también con una persona, hablando inglés, sin tener ni puta idea de lo que me estaba diciendo.
¡Y lo más cojonudo es que el americano me ha entendido a las mil maravillas!

Esto pasó hace muchos años. Y como yo soy de querer encontrar el porqué de las cosas, supongo que el porqué a lo que pasó es lo siguiente:
El americano, en su parrafada, debió preguntarme por el formulario de inmigración. Y como yo señalé al avión, mientras le hablaba de la cuestión culinaria, pensaría: la chica policía me está diciendo, en español, que allí está el formulario.
Y claro, pensó bien.
Y ahora, recordando aquella conversación estoy pensando… Mira que si en vez de traer el papelito de inmigración llega a traer el menú del comedor… Y encima, ese día… Hubiera habido rabas…