Katiuskas. San Petersburgo. Rusia. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Como a la mayoría de los hombres, salvo raras excepciones, a Carlitines le gustan mucho las cosas femeninas. Y como su último cumpleaños nos cogió fuera de España -concretamente en San Petersburgo- y yo soy pésima para hacer regalos, pensé que sería buena cosa comprarle algo típico de Rusia que fuera femenino. Ahora, el qué, eso ya es arena de otro costal.
A bordo de un barquito, navegando por los bellos canales, la pregunta ¿Qué carajo le compro yo a este hombre? No me dejaba disfrutar como Dios manda del paseo. Pero como yo soy persona de fe y creo en los milagros, el Dios que manda hacer las cosas me mandó una señal. Y la señal no vino del cielo sino del agua ya que en ella vi flotar un objeto.
-Date, ya sé lo que te voy a regalar-. Le dije a mi marido tras comprobar que lo que flotaba en las turbias aguas era una bota de pescador.
-Pues no me digas el qué, que capaz eres de decírmelo y me jodes la sorpresa-. Dijo Carlos, que se fía menos de mí que yo que sé.
-Ay, hombre de poca fe. Ya verás ya, menuda cosa bonita la que te voy a comprar.

Matrioshkas. San Petersburgo. Rusia. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Terminada la travesía fluvial de hora y pico nos dirigimos a una zona turística de shopping. Estaba más agobiada que un cangrejo en un cubo porque cada vez que entrábamos a una tienda tenía que despistarme de Carlos para preguntar a los vendedores por lo que quería comprar; pero cuando lo lograba obtenía negativas por respuesta.
-Cómo es posible que en ninguna tienda vendan Katiuskas ¡Si es lo más típico de este país y están por todas partes!-. Dije en voz alta, hablando sola. Sin embargo no estaba sola: Carlitines estaba a un metro de mí.
-A ver, calamidad ¿Para qué andas preguntando por unas botas de pescar ahora?-. Preguntó confundido.
-Jolines Carlitines: era mi regalo de cumpleaños para ti-. Dije agachando la cabeza, a puntito de hacer pucheros como los niños .-Es que pensé que te gustaría mucho tener una muñeca rusa. Además tienen sorpresa: dentro, la Katiuska tiene otra. Y dentro de esta segunda hay otra. Y dentro de esta hay otra y, y; y se me ha chafado el regalo, jo.
-Hija de mi vida, eres más de pueblo que las amapolas: esas muñecas se llaman Matrioshkas.
-¿Matrioshkas?-. Pregunté con incredulidad .-No no. Te burlas de mí. La muñeca es una Katiuska. Y yo no me voy de San Petersburgo sin comprarte una.- Y más mosqueada que una burra en un garaje salí de la zona turística de shopping, no sin antes decir .-Pues sabes qué, que no hay regalo, ni Katiuskas ni muñecas que valgan.
-¿Y eso?
-Por vacilarme.
-Bueno, no me importa. Porque te tengo a ti que eres una muñequita y el mejor regalo que me ha hecho la vida. Y con una muñeca, voy que chuto.