23 de abril. Día Internacional del Libro.

Es martes y esta mañana -a primera hora- he ido a la oficina de Correos para enviar un libro a una amiga.
Será por las pasadas fiestas de Pascua o por los comicios electorales que la oficina estaba a reventar de gente. Al entrar he contabilizado 24 personas (conmigo veinticinco) y como he quedado con Carlitines para desayunar y después ir a la librería -hoy es 23 de abril y es el Día del Libro- para que no tuviera que esperar he escrito al wasap:
-Mi Carlitines, en Correos hay mucha gente.
-Bueno, pues cuando te estén atendiendo me escribes y salgo a buscarte con el coche-. Ha puesto él.
-Vale. Acaba de salir un señor: quedan veintitrés.
-Vale.
De aquí en adelante aquello ha sido una merienda de negros y no tenía claro si estaba en la oficina de Correos, en una cuenta atrás, en la fila del paro o en la sala de un bingo.
-22 personas-. He escrito en el wasap .-Veintiuna. Veinte. No, diecinueve. Ay, espera que me estoy liando. Acaba de salir una mujer y han entrado tres; y una de ellas ha salido.
-Bueno-. Ha escrito Carlos.
-Creo que tengo trece personas por delante.
-Vale.

He dejado de escribirle para observar el percal. Una de las empleadas ha preguntado: ¿alguien para pedir el voto por correo? Mientras, las voces de otras empleadas y empleados se entremezclaban entre sí, llamando a los números correspondientes a entregas o envíos.
-37.
-El 38 ¿Quién tiene el treinta y ocho?
-¿Y el 14? ¿Nadie tiene el catorce?
-A ver, hagan el favor y presten atención-. Ha dicho un empleado con voz de ultratumba.
-Carlitines, esto parece el coño de la Bernarda. Y aún me queda un rato de espera-. He puesto en el wasap.
-Bueno.
-Acaba de salir un muchacho. Así que uno menos… A no, solo ha salido para echarse un piti.

Entre tanto, ha entrado un hombre mayor. Debe ser un vagabundo alcoholizado porque estaba desaliñado y olía a coñac que tiraba para atrás
Y el hombre, con la borrachera y la desorientación, ha debido equivocarse de lugar.
-17-. Ha dicho en ese momento el empleado con voz de ultratumba.
-¡Bingo!-. Ha gritado el buen señor al tiempo que levantaba la mano y se dirigía tambaleando al mostrador de correos.
-Carlitines, Carlitines. Ven a correos que se va a montar un circo que ni el de los hermanos Tonetti-. Le he dicho en un audio.

A todo esto, el buen señor se ha puesto a dar manotazos en el mostrador, molesto porque no le servían un aguardiente. Y dando bandazos de aquí para allá ha dicho balbuceando:
-Qué país tenemos. No hay ni gota de seriedad, ¡Ni de alcohol! Y vaya mierda de bingo que no sirve aguardiente-. Entonces se ha sacado de la manga un teléfono móvil de juguete -color rosa con unos dibujos monísimos de unicornios con largas caballeras a imitación del arco iris- que tenía una antena y todo, y ha gritado .-¡La hoja de reclamación! ¡Quiero la hoja de reclamación o llamo a la Policía!-. Y como los empleados -por no saber cómo actuar- se han quedado callados y quietos como estatuas de sal, ha vuelto a gritar al tiempo que daba a las teclas del móvil de juguete .-¡Vaya país! ¡Es de pandereta! ¡Anís del Mono! ¡Que me pongáis un Anís del Mono! ¡Y me lo descontáis del dinero del bingo, que esa es otra, el trabajo que me va a costar cobrar el premio!

Y en estas estábamos cuando mi Carlitines ha entrado a Correos.
-¡Uy la ostia!-. Ha exclamado. Y cogiéndome del brazo me ha dicho .-Anda, déjate de quijotadas que te gustan estas escenas más que a un tonto un sonajero, y vamos a desayunar que tengo hambre.
(Y con las prisas por salir de la oficina de Correos no he mandado el libro).