Gorra con un bordado del Yeti.

Tras quedar monísima, de cara a pasar los días veraniegos en la piscina -hasta poder irme de vacaciones a la playa- salí del centro de depilación con la piel del cuerpo suave como la de un bebé, y sin un pelo de tonta, ni de lista, porque me pasan unas cosas… Vamos, o me toman por tonta o definitivamente lo soy.

A fin de combatir la ola de calor que ha azotado a media Europa los cinco últimos días de junio, nos fuimos Carlitines y yo a lucir palmito a la piscina.
Y estando sentada a la sombra sobre el césped, después de haber estado tumbada en la toalla, vuelta y vuelta, una hora a la solana, inspeccioné mis piernas ya que a veces quedan pelucos rebeldes que incomprensiblemente escapan al depilado. Viendo que tenía algunos que dan ese toquecillo antiestético, cogí las pinzas que llevo en el bolso y procedí a quitarlos.
Y estando abstraída en mi mundo y sin meterme con nadie, escuché decir secamente en una voz varonil:
-Este no es lugar para hacer eso.
La frase, a modo de recriminación, hizo que alzara la vista.
He ahí que mis ojos vieron a un hombre mayor puesto de pie con los brazos en jarras con una gorra con visera en la cabeza de un color amarillento, que mirándome de soslayo, hacía gestos de negativa con las manos.
-Tú te crees-. Le dije a Carlos, que estaba leyendo y a sus cosas, como siempre para no variar. Y con un timbre de voz alto, dije para que me oyera media piscina -.Oiga usted ¿Qué mal hago yo por quitarme con la pinzas los cuatro pelos que tengo en las piernas? ¿Acaso está prohibido? ¡Y me lo dice usted que está lleno de ellos! Hombre por Dios, antes de venir a la piscina haga el favor de hacerse un buen depilado que da miedo verle con esa pelambrera que tiene.

En efecto, así era. El hombre se parecía al Yeti. Era de esos que se les junta la barba con el bello del pecho y comienzan a afeitarse por la cara y terminan en el empeine de los pies. Tenía pelos por delante y por detrás y le medían lo menos siete centímetros (o más). Y sí, tenía pelos en todas partes menos en la cabeza. Porque cuando se quitó la gorra resultó ser calvo.
Y ya le dije también, delante de su mujer, que llevaba un bikini ochentero y unos aros amarillo chillón por pendientes a los que solo les faltaban las cacatúas:
-Vergüenza le debería dar a usted venir aquí con tanto pelo. Eso, y ahora cuando se meta en el agua, qué pasa ¿Eh? Que lo dejará todo lleno de pelos.

Entretanto, la gente que tenía alrededor, riendo, comentaban lo absurdo de la llamada de atención.
-Se aburrirá el hombre-. Dijo una chica.
-Ni caso-. Dijo sonriendo un señor.
-No tendrá problemas serios en la vida-. Dijo otra mujer.
-Pues eso será. Porque si los tuviera no andaría con estas tontunas-. Y añadí mirándole a él y a la mujer-. No sé cómo estará de salud pero vamos, está bueno el tío. Sí sí, cojonudo. Ni “fuendo” el último hombre que quedara en la Tierra… -. Entonces Carlitines me interrumpió:
-A ver hija, que se te va la pinza: se dice siendo.
-¡Que más dará ahora eso!-. Exclamé.
-Una literata como tú…-. Y dirigiéndose al grupillo de gente que habíamos formado, clarificó .-Es que mi mujer es escritora.
-Al cuerno ahora tú y el padre que lo fundó; que me pones nerviosa. Pues eso, que ni “fuendo” o siendo el último hombre del planeta me metía yo en una cama con él. Pero vamos, ni para echar la siesta siquiera. Quita quita ¡Como dejará las sábanas de pelos! Es que lo estoy viendo, como si mudara el pelaje. Uf, quita quita. “Bais” y fuese de aquí-. Y antes de que Carlitines me corrigiera, añadí .-Y sí, he dicho fuese de aquí en vez de fuera de aquí. Porque lo mismo da decir fuera o fuese, ahora y siempre. Y no, a mí no se me va la pinza, que la tengo aquí conmigo. Y la cabeza tampoco que aún me funciona.
En cambio ese hombre peludo no puede decir lo mismo porque ni piensa bien lo que dice ni tiene pelos que sujetar con pinzas; que por usar, no puede usar ni las pinzas de la ropa con las que cuelga su mujer el bikini que lleva.

Y esto es lo que aconteció el primer día que fuimos a la piscina (el año 2019).