Ámsterdam. Holanda. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Hola, me llamo Juan Ignacio y soy de pueblo; y cuando digo que soy de pueblo, lo soy más que las amapolas y los cantos rodados. Me críe entre campos, frente por frente de las montañas y el mar, rodeado de huertos y animales de granja.
Al alba me despertaba el quiquiriquí de Rufino, que era el gallo de mis padres. Y siempre me acostaba con el puto quiquiriquí. Caguen el gallo que no se cansaba de cantar y cantar a deshoras. Y si me daba por echar la siesta -raro en mí la verdad- se ponía a cantar justo bajo la ventana de mi habitación.
Qué tío, ni que me oliera.

Pero dejemos al gallo tranquilo y centrémonos en lo que quiero contar.
Mi familia, generación tras generación, se ha dedicado a un oficio muy honroso: todos han sido sexadores de pollos. Figuraros el tiempo que llevan ejerciendo este oficio que aún no se habían inventado los balcones de madera. Y como en todas las familias hay una oveja negra, pues en la mía la oveja negra soy yo. Porque causé gran disgusto al negarme en redondo a ejercer esa profesión y confesar a mis padres:
-Padre, madre: de mayor quiero ser mamporrero.

Ya metido en los años de la adolescencia, un día, ni corto ni perezoso, me acerqué hasta una caballeriza que hay colindando con unas fincas muy hermosas dos pueblos más “alante” del mío, así como a unos diez kilómetros de distancia yendo en bicicleta por unos caminos que ni hechos “pa” burros de lo mal asfaltados que están. Y como la bicicleta tenía a los lados dos ruedines que frenaban las ruedas, y para más inri, estaban algo deshinchadas, tardé en llegar el doble o el triple de lo que hubiera tardado de haber ido andando.

¿Os digo una cosa? A mí, en el pueblo, me dice el tonto; sin embargo yo no me tengo por tal.
Y de un tiempo a esta parte, a veces, al pasar junto a los vecinos, escucho como cuchichean entre sí y dicen “a todos los tontos se les aparece la Virgen”.
Mi madre dice que son unos envidiosos y que no les haga caso.
Yo no le encuentro sentido a nada de esto ¿No dicen que soy tonto? Entonces qué pasa ¿Que me envidian por ser tonto? Pues no tienen por qué, porque si me envidian por eso, por ser tonto, más tontos demuestran ser ellos actuando como actúan.
Aunque debo decir que aquel día la Virgen María sí se me debió de aparecer.
A ver, verla, lo que se dice verla, no la vi; pero sí se me tuvo que aparecer. O sino intervino de algún modo. Tal vez lo hizo cuando estuve rezando no sé cuántos rosarios mientras iba en dirección a la caballeriza. No sé. Esto es un misterio que nunca podré desvelar.

Nada más llegar pregunté por el dueño de los caballos, y de las yeguas, pues allí hay más yeguas que en todas las comarcas de la provincia ¿Y sabéis qué? Que el dueño me atendió y aquel mismo día ejercí de mamporrero, y entré de lleno en el negocio, cumpliendo así la mayor ilusión de mi vida. Y no habiendo pasado el año me mandó llamar para que viera parir a una yegua.
-Mira chaval: esta yegua va a parir gracias a ti porque es la que quedó preñada la primera vez que ejerciste de mamporero.

Esta es mi historia, la de un joven que una mañana se lió a mamporrazos con Rufino pues por su culpa, por no dejarme dormir bien por las noches, me pegué una ostia de cojones con la motocicleta que me revendió uno, ya que con ella iba y venía de mi casa al trabajo y a la inversa.
Y más tarde me casé con la hija de mi jefe. Y fui padre de dos muchachos la mar de bonitos, gemelos para más señas. Y aquí, por si acaso, que quede muy claro un concepto: conmigo nadie tuvo que hacer de mamporrero, que menudo arte me di yo solito para embarazar a mi mujer.

Ah, y la bicicleta del demonio se quedó aparcada y arrinconada en la parte trasera de la cuadra de mis padres. Y aún debe de estar allí muerta de risa o pudriéndose de pena.