Logotipo de la película Jurassic World: El reino caído.

Ayer, tras salir del cine de ver la última película de dinosaurios… Bueno, bueno, bueno. Iba con mi hijo Iván y su amigo Koby… ¡Pues no entramos en la sala e Iván se tira un eructo! Si no retumbó fue de puro milagro. Estaba abarrotada de gente -sobre todo adolescentes- y todos se giraron y se partieron de la risa que les dio.
-Pero bueno-. Dije yo .-Qué entrada hijo mío. Hoy puedes presumir de haber entrado por todo lo alto. Ha sido apoteósica y triunfal: vamos, llegar y besar el santo. Y vaya eructo: ¡ni que fueras tú un dinosaurio!
-De eso se trata, de eso se trata-. Dijo él sonriendo. Y preguntó? .-¿Qué pasa, te da vergüenza?
-¿A quién, a mí? ¿Vergüenza a mí? Cómo me va a dar vergüenza si no la tengo. Lo que pasa es que me ha cogido de sorpresa… Como a todos los de la sala. Con ese eructo asustas tú a los dinosaurios.

Nos sentamos en las butacas asignadas, y a la espera de que comenzara la película, Iván y Koby buscaron un par de vídeos en YouTube para enseñármelos. El primero es de una persona que está disfrazada de dinosaurio y va por las calles eructando, a imitación del grito de un dinosaurio (que es lo que hizo mi hijo). En el segundo se ve a un chico saltar una valla. Detrás hay vacas pastando y el joven, poniéndose frente a ellas, empieza eructar como un endemoniado. Entonces las vacas se acercan a él y le siguen.
A mí estas chorradas me dan mucha risa, pero está vez tenía que aguantarme las ganas de reír porque me tira un huevo la cicatriz que tengo en el abdomen (me han intervenido recientemente).
-Vaya cojones que tienes “jodio”-. Le dije a Iván .-Sabes que no puedo reírme por tener el abdomen dolorido y no haces más que enseñarme cosas para que me entren ganas de reír.
Y para colmo de males también me entraban ganas de toser, y cada vez que toso las paso canutas…

Terminada la película salimos del cine. Y por el camino hasta la estación del tren de cercanías mi hijo se puso a eructar para imitar a un “tiranonosequé”. Haceros a la idea de ver a un muchacho delgado de metro noventa de altura, con el pelo largo sujeto en una coleta -vestido con una camiseta negra de tirantes, pantalones cortos de camuflaje y deportivas- flexionando los brazos por los codos, dejando las manos muertas y dando saltos de puntillas.
No podía caminar y cada dos por tres me paraba y doblaba hacia delante para sujetarme el abdomen: literalmente me partía de risa.
-So maricón, no me hagas tanto de reír coño-. Supliqué .-Ay, la madre que te parió… ¡Haz el favor que me va a dar algo!
Por fin, y a Dios gracias, llegamos a la estación.
Ya dentro, al verme ir hacia las escaleras, me dice mi hijo:
-Si quieres bajamos por el ascensor.
-No no. “Paqué”-. Respondí.
-Yo lo digo por ti que a mí me da igual.
-¿Por mí? De manera que casi me matas de tanta risa y ahora te preocupas… Menos mal que al despedirnos me dejó darle un achuchón y unos besitos.
Porque esa es otra… Como está en una edad tan mala y no deja que me acerque a él…
Y nada, llegué sana y salva a mi casa. Y pasé una tarde súper divertida.