Había una vez, allá por los mares del Cantábrico,
una anchoa llamada Anchoíta
que decidió dejar su mundo
y partir en busca de una nueva vida.

Y fue así como una madrugada,
preparó un hatillo pequeñito,
no sin antes dejar anotadas las palabras:
aquí os quedáis, que yo me piro, vampiro.

Aquella noche Anchoíta nadó en las frías aguas
animada por la idea que vivir exóticas aventuras.
Y al fin, la oscuridad nocturna,
le dio la bienvenida a la singular anchouca.

Algo cansada, hambrienta y sedienta
llegaría hasta una playa atestada de turistas.
Y viendo a unos metros de la orilla un chiringuito con refrescos, cubatas y cervezas,
Anchoíta fue derechita a por una caipiriña.

!Madre mía, qué buen mozo ven mis ojos!
Exclamó la anchoa al ver al camarero.
Aquí echo yo el ancla y le invito a tomar un calimocho
y ahora mismo voy a comprarle un regalo, ahí mismo, donde están los manteros.

Anchoíta, que era muy “apañá”, bastante piratilla y resuelta
en un pis pas se ligó al buen mozo.
Y el camarero, por estar loco de amor y tener muy poca cabeza
dejando el chiringo y subiendo a su moto
mandó al carajo a su jefe y a toda la clientela.

Y así fue como Anchoíta y Anastasio
pues ese era el nombre de su enamorado
andan, desde entonces, por esos mundos de Dios
buscando aventuras por mares, volando; por desiertos, o quemando las ruedas de la moto en el asfalto.

Escrito por La Anchoíta del Cantábrico (Carolina Olivares Rodríguez). Reservados todos los derechos de propiedad intelectual a la autora.
La foto es mía.