(Como ya sabréis Carolina y Anchoíta comparten marido. Y si aún no lo sabíais, ya lo sabéis).
Y estando con Carlos a bordo de un barco de la flota Costa Cruceros por aguas escandinavas aconteció lo siguiente:

Trol disfrazado de vikingo. Brickdal. Noruega. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

La vida para un crucerista conlleva mucho trajineo y como tras las excursiones termina uno echo polvo los pasajeros suelen ir a echar una siestecita o un casquetillo (aquí cada cual elija lo que más guste le dé). Tras la siestecita llega la merienda y la ducha. Y antes de ir a zampar otra vez -porque además de echar siestas y polvetes cuando viajas en crucero es un no parar de comer- mi marido y yo vamos al teatro para ver los espectáculos. Algunos son muy amenos, pero otros son un muermo. Y aprovechando la coyuntura de estar a oscuras y sentada la mar de a gusto ayer me quedé algo traspuesta.
Sería entendible que os preguntárais: ¿cómo es posible que esta mujer se quede dormida en el teatro si se supone que durmió a la hora de la siesta? Pues por eso mismo, porque se supone. Y es que en cuanto me descuido le tengo encima y ya no sé si Carlos es gato o pulpo. (Esto de gato le viene por ser nacido en Madrid.
Y una cosilla: aun siendo de mar yo no quiero tener pareja que provenga de él).
Mi marido, al que al parecer tampoco le había hecho demasiada gracia la actuación, dándome codazos igualitos a los dan las personas mayores cuando quieren avisar a otro para que no se pierda un cotilleo, me sacó de mi somnolencia. Y así, adormecida, me levanté y eché a andar entre el barullo de gente pues muchos salían también. Para no perderme llevé el brazo hacia atrás, y echando mano a otra, la enlacé con la mía.
-Vaya petardo el espectáculo de hoy-. Dije yo .-Ha sido una moñada y no me ha gustado.
-A mí tampoco-. Dijo una voz.
Más mosqueada que un gato en una fábrica de sifones, ya que esa voz no me sonaba de nada, me giré rauda y veloz como una ardilla. Cual no sería mi
sorpresa al comprobar que me habían dado el cambiazo y que la mano que enlazaba no era la de mi pareja sino la de un tipo pelirrojo con más orejas
que el príncipe Carlos de Inglaterra.
-¡”Bais” y echa “pallá”!-. Exclamé soltándome de su mano. Y buscando como los posesos a mi Carlos entre el gentío le encontré al cabo que te hará.
-¿Dónde estabas “jodia”?-. Preguntó.
-Que dónde estaba… Dónde estabas tú, que en vez de coger tu mano he cogido la de uno más feo que un demonio que es la calcomanía de un trol disfrazado de vikingo.
Y así fue como me dieron gato por liebre, o liebre por gato.
Esto me pasa por viajar en crucero cachis en la mar.

NOTA: iba a poner una foto de Carlos en la que está con un gorro vikingo; pero él no tiene cuernos. Más bien los cuernos los tenemos Carolina y yo.