Recordando, Marta recordó que en sus juegos infantiles no todo eran risas. Había uno… No era un juego: era jugar con morir que es algo muy diferente.
En el recreo, en el patio del colegio, aspiraba e inspiraba rápidamente durante medio minuto. Después otra niña de su edad presionaba fuertemente con las manos (entrelazadas en puño) en su pecho mientras aguantaba la respiración.
Hubo un día, un mediodía, que Marta creyó perder la consciencia… El juego era mortal. Eso había oído… Entonces ¿Por qué jugar con La Muerte? Porque la palabra que más le atraía de la vida era LÍMITE.
Así sería diagnosticada en la adolescencia, como una persona con una enfermedad mental llamada: Trastorno Límite de la Personalidad (TLP o Borderline).

Los padres de Marta -tras llevarle a la consulta de varios psiquiatras y seguir sus consejos- optaron por intentar ayudar a su hija; pero ¿Cómo se puede ayudar a una persona que se autolesiona y anhela morir?

Marta fue al ritmo que le marcó la vida. Y al cumplir los treinta y tres años, tras varios intentos de suicidio fallidos y tener los muslos de las piernas y las muñecas totalmente lacerados, cayó en la cuenta de que no le ganaría la batalla a la Vida. Por el motivo que fuera continuaba aquí, por ello daría vida a otro ser.
Luego de informarse se sometió a un método de fertilidad (trastornos alimenticios como la anorexia y bulimia le habían retirado la menstruación por lo que la fecundación natural no era factible). La fecundación in vibro no resultó; sin embargo la implantación de un óvulo fecundado por una mujer de la que jamás tendrían ninguna información provocó un embarazo.

Marta no tenía pareja, la sexualidad no le interesaba, su libido inexistente y un incomprensible rechazo a todo lo referente al sexo le habían llevado a una existencia solitaria. Ahora su vida daría un giro: en pocos meses un bebé, su hijo, acompañaría la soledad de sus días y noches. Sus padres habían fallecido años atrás; era hija única y no habría abuelos ni tíos que dijeran: aquí está mi nieto o qué sobrino más lindo tenemos.

El momento del parto fue duro, extraño; complicado. Jorge hizo acto de presencia en un mundo hostil. Y entre llantos y sollozos fue recibido una madrugada del mes de noviembre por los brazos temblorosos de su madre. Aun siendo un momento de máxima alegría, el nacimiento del niño no logró proporcionarle el sentimiento de Felicidad esperado.

Los días y meses pasaron; las estaciones y años también.

Pocas distracciones existían en una vida rutinaria: sesiones de cine en tardes sabáticas y domingos de gimnasio. Y allí, en el gimnasio, sucedería la desgracia. Mientras Jorge jugueteaba en la piscina con otros niños de su misma edad, seis años, su madre intentaba relajarse en la zona de aguas.
Dentro del baño turco no había nadie. Marta se metió en aquel habitáculo vaporoso. Necesitaba evadirse y, aunque hacía años que no había vuelto a intentar quitarse la vida, algo pasó por su mente. Sufría cuadros agudos de ansiedad y ataques de pánico.  Sabía que no debía estar más de veinte minutos en aquel cocedero; sin embargo, permaneció muchos más.
Observaba a su pequeño, le veía tan feliz. Ella desconocía lo que sentía su hijo. Le quería, o eso creía; le había procurado una vida estable, no le gritaba, jamás le castigó. Aquella tarde Damián sufriría el peor castigo que ningún niño debe tener.

Entre chapoteos los niños verían como un hombre salía del baño turco… Un hombre que, por cierto, acababa de entrar. Asustado, pidió socorro: ¡hay una mujer desmayada! Hubo confusión, idas y venidas. Los niños, aun siendo testigos, estaban en su mundo. Al poco, otros hombres, vestidos con batas blancas y verdes, entraron de forma precipitada en la zona de aguas…
De lo acontecido aquella tarde… Ha pasado mucho, mucho tiempo.

 

Desde que noté desmayarme hasta ahora es como si solo hubiera pasado un segundo; sin embargo…

Cuando Marta abrió los ojos desconocía donde estaba. Los médicos no daban crédito: había salido del coma. Agotada y cansada busco en rededor. Solo escuchó las palabras tranquilizadoras del especialista.

A la semana divisó la figura de un hombre. Era alto, delgado, moreno; de treinta y tres años, con barba ¿Quién era?
-Mamá: soy Jorge.

 

Aurora estuvo en coma veintiséis años. Y milagrosamente la vida, la misma que nunca quiso vivir, le devolvió al mundo real.