Portada del libro de Carolina Olivares Rodríguez EL DIARIO DEL ALMA.

He vuelto a soñar contigo. En ocasiones, lo hago hasta despierta. Fue un sueño misterioso, al igual que todo lo que le rodeó.
Me hallaba en una amplia estancia, sin techo. En su lugar había una alta cúpula de la que colgaba una aparatosa lámpara en forma de araña. Era de acero, parecía una tarántula. De ella, pendían diamantes coralinos en forma de tentáculos. Cada uno contenía cinco piedrecillas de fino cristal. Tuve la sensación de que eran lagrimitas de esmeralda. Las paredes, inexistentes. Por fuera no era posible ver fachadas, todo lo coronaban gruesos ventanales. Lo que más me llamó la atención fue el suelo, imitaba a un tablero de ajedrez; se componía de baldosas de mármol. Aproximadamente debían de tener cincuenta centímetros de ancho por otros tantos de largo. Unos eran blancos, otros eran negros. Se alternaban. La habitación estaba iluminada por la tenue luz de la luna llena. Esta desprendía hermosos rayos luminosos -que a mi parecer- chocaban contra las piedrecillas del cristal de la lámpara. La mezcla de los rayos de luz con estas, hizo que ante los ojos de mi imaginación, yo pudiera visualizar como brotaban minúsculos arco iris que giraban, giraban y giraban alrededor de soles inmaculados. Otros rayos golpeaban los baldosines y, sorprendentemente en mi sueño, pude contemplar como el suelo se trasmutaba en un brillante océano de terciopelo.
Hasta entonces, en torno a mi persona, había habido un mudo silencio. Lo único que atiné a oír fue mi propia respiración y los latidos de mi solitario corazón. De repente, un inesperado e inoportuno reloj, que nadie había ubicado en ninguna parte comenzó a sonar, empezó a dar campanadas…
Y de fondo… Escuché una canción. Era una preciosa balada, La dama de rojo.
Permanecía de pie, en medio de aquel espectáculo que para mí misma había figurado. De pronto… Te vi. Apareciste tú. Sin embargo, solo eras una sombra, al igual que lo era yo. Fuimos dos estatuas; sendas figuras hechas con papel celofán. Éramos la silueta de dos perfiles sombreados: uno cercano, otro lejano. Desconcertada ante el intruso que eras tú, cerré los ojos. Al abrirlos me abrumó la angustia. Y un halo de impaciencia me sobrecogió: estabas junto a mí. Haciéndome la despistada opté por estudiarme a mí misma, como quien ambiciona salir de su propio yo para poder examinar a su yo ilusorio. Llevaba puesto un vestido rojo; era ceñido, me cubría toda la anatomía hasta los pies ¿Sería el mismo que Chris de Burgh llevó en sus pensamientos para su “dama de rojo”? Yo era alta y delgada, casi escuálida. De media melena suelta; pelo lacio, oscuro. Con zapatos de tacón, descalzos, negros. Volviendo a mí misma te analicé. Ibas ataviado con un traje negro, sin corbata. Acompañaba tu indumentaria una camisa blanca de lino…
Y tú estabas frente a mí, y yo estaba frente a ti.
Sinceramente, no tuve la menor idea de cuál debía de ser la manera más correcta de actuar. Voluntariamente tomaste la iniciativa. Respiré, qué cordial que pareciste. Para mis adentros, pensé: así deben de comportarse los auténticos caballeros. Y bromeé conmigo misma: si es que todavía queda alguno.
Sin más preámbulos, me cogiste con las manos por la cintura. Al hacerlo, un intenso escalofrío recorrió de arriba abajo mi cuerpo. Fue la primera vez que me tocaste. Sentí cómo Cupido con su arco me lanzaba una saeta de amor, y como esta, se clavaba en el centro de mi dolido corazón. Y despacio nos pusimos a bailar. Confiada, coloqué los codos sobre tus hombros y dejé que mis manos oscilaran libres por detrás de ti. Y me atreví a acariciar con las yemas de los dedos la tela de la chaqueta que te cubría…
Y en aquel momento… Me sentí dichosa.
Con timidez apoyé la cabeza en tu pecho. Noté como te latía el corazón. Y sin querer, descubrí que tú, al igual que yo -aunque a veces te cueste admitirlo- posees un poderoso corazón que palpita aceleradamente. Diría que, en ocasiones, lo hace alocadamente. Sin saber por qué, tuve miedo, rocé el pánico. Y retiré la cabeza se tu hombro. Me acaparó la confusión… O la cobardía. Tu pésima intuición hizo que creyeras que yo no me fiaba de ti. Y tu reacción me confirmó que preferiste apartarte de mí. Con firmeza diste un paso hacia atrás. Y retirando yo los brazos y retirando tú las manos de mi talle, pusiste tus palmas en mis hombros desnudos, y las deslizaste por mis brazos hasta las muñecas. Una vez aquí, las roté. Y las yemas de tus dedos, con ternura, rozaron las yemas de los míos, hasta que dejamos de tener contacto físico:
-Has destruido la magia-. Dijiste .-Por un instante había creído que tú eras mi reina blanca y que yo era tu caballo negro. Me he equivocado, otra vez.
-Ahora tú también estás desmoronando la magia, la mía-. Acerté a contestar con decepción .-Puesto que yo había dado por hecho que éramos dos náufragos de cartón, y que bailando, nos habríamos podido revolcar entre las aterciopeladas situaciones que nos proporcionaba el afortunado sentimiento del amor.
En tu rostro se asomaba la indiferencia. Yo solo veía nieblas. Con esto, te diste la vuelta y desapareciste en la fantasmagórica nube que se levantó al fondo del habitáculo. Intuyo que, faltó comunicación ¿O acaso no supimos comprendernos el uno al otro?
Este fue mi sueño. Y lo que puedo recordar de él, es que tú y yo… En mi sueño… Solamente bailamos.

(Sin fecha. Año 2000).

Y soñé que bailaba contigo esta melodía.
Si la vida no me concede el privilegio de poder danzarla junto a ti, imploro que al menos tú -en algún momento de todos los que albergan tu existencia- la puedas bailar con la dama de tus ensoñaciones.

Poesía extraída de mi poemario EL DIARIO DEL ALMA (versión revisada y ampliada).

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