Carlos con una falda escocesa en Inverness. Reino Unido. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Solo se me ocurre a mí ir a Escocia y no comprarme una falda, que nos invitaron a la Carola y a mí a una boda y por no tener la falda no pudimos entrar, ni a la misa ni al convite. Porque otra cosa no será… Pero como te inviten a un evento en algún pueblo escocés y no lleves la falda escocesa… Vamos, ya no es que no entras en el pueblo, no. ¡Es que sales de él a “pedrás”!
Cómo no sería la cosa que no me dieron tiempo a decirles: sirs, no os pongáis así, que no llevaré la falda pero la gaita siempre va conmigo, coño. Y bien bonita que la tengo (dice Anchoíta que parece una Flor de Loto).
Y es que con aquellos no se puede andar jugando con historias ni con gaitas… Bueno, con gaitas sí; pero con historias no, que estamos tratando aquí un tema muy serio. Porque los escoceses son muy suyos y allí manda la tradición. Y la tradición es la tradición. Y como la tradición dice que el hombre debe de llevar la falda escocesa… La llevas y no hay más que hablar (si no, que me lo digan a mí, que no me dejaron explicarme).
Qué pena de verdad.
El caso es que cuando entré en la tienda donde las vendían… Oye, con qué decisión fui a coger una para ponérmela, así, por encima del pantalón.
Por no haberla comprado aún estoy llorando por las esquinas de la pena.