Alcorcón. Madrid. España. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Por haberme dedicado en exclusividad a mis labores y haber enviudado vivo penosamente con la pensión que me ha quedado de mi marido. Y como en mi
anterior vivienda había mucho gasto y andaba a trancas y barrancas para afrontarlo, decidí mudarme a otra más económica. Pero como ni por esas pude sufragar los gastos, apenas tomé posesión del piso decidí tirar del manual de la picaresca española.
Tras instalarme en mi nuevo hogar estuve ojo avizor, estudiando al vecindario en profundidad. Y cuando di con la vecina más cotilla y quisquillosa trabé amistad con ella rápidamente.
Había ideado un plan y para que diera fruto necesitaba la colaboración de la persona correcta.
Una mañana, tras encontrarnos en el portal, le dije:
-¿Puedo contarte algo en petit comité?
-¿Lo qué?-. Preguntó ella, que es de una aldea gallega.
-Que si te puedo contar un secreto.
-Aaah. Sí sí.
-Pero me tienes que prometer que no se lo dirás a nadie.
-Mujer, la duda ofende. Estate tranquila que mi boca quedará sellada. Tú cuenta, cuenta: soy todo oídos.
-¿Te has fijado que siempre llevo pantalones?
-Sí. Ya me había dado cuenta ya.
-Pues es por…-. Entonces le conté la mayor mentira que he contado jamás. Le dije que me falta una pierna y que tengo una ortopédica y que por eso no llevo faldas ni vestidos, y que si no se me nota la cojera es porque durante años he estado encerrada en mi antigua casa ensayando para aprender a caminar sin cojear. Después le dije que de jovencita había sido bailarina y había trabajado como modelo de pasarela para un famoso modisto italiano gay; que había viajado por todo el mundo y había vivido rodeada de lujo y decenas de pretendientes; que por haber tenido una voz muy melosa y haber sido extremadamente bella había sido actriz de doblaje y las agencias más prestigiosas de maniquíes me habían ofrecido contratos millonarios. Y le dije también que a los trece años de estar trabajando y ser una cotizada modelo tuve un aparatoso accidente y que por eso me falta la pierna; pero que mi desgracia no es tanta pues soy multimillonaria y eso me hace feliz porque no fui una manirrota como otras compañeras de profesión y supe invertir el dinero y sacar provecho de mi época de bonanza. Lo último que le dije fue:
-Soy una persona desprendida y generosa, y aunque oculto mi invalidez, a todo el que me ayuda desinteresadamente por no saber de mi impedimento, le voy añadiendo a mi lista personal de herederos. Así, el día que yo falte, los que contribuyan para que mi vida sea cómoda y fácil se llevarán un pellizquito de mi fortuna-. Y para finiquitar añadí .-Si te he contado esto es porque tengo mucha psicología. He observado que eres una mujer discreta y confío que sabrás guardar este secreto mío, y por ello te lo he confiado.
-Tienes muy buen ojo hija mía, muy buen ojo. Y no te equivocas no. A la primera, has dado en el clavo a la primera-. Dijo nerviosa, hablando aturulladamente. Y confirmó .-Quédate tranquila que de esto tuyo nadie sabrá nunca.
No habiendo pasado ni una semana lo contado fue sabido en la comunidad. Y como en estos casos el efecto teléfono roto funciona a las mil maravillas todo se vio modificado.

Los Electroduendes.

Mi invención fue voz populi y todas las conversaciones las protagonizaba yo. Los vecinos, a su vez, inventaron versiones: que si tenía una pata de palo, que si la prótesis era de quita y pon, que si tenía una pierna biónica, que si me faltaban las dos; que si había trabajado en Milán, que si había sido amante de un empresario chino y de otro musulmán; que si era lesbiana, que si había nacido hombre y realmente era un travesti conocido con el nombre de Mariana; que si fui monja de clausura, que si fui pilingui de alto standing y me acostaba con unos y con otros en Calcuta; que si me abducieron unos marcianos en Honolulú, que si tuve un querido que atracó una sucursal bancaria y robó el oro de Moscú; que si yo era la persona que le puso la voz a Elena Francis y a uno de los electroduendes de La bola de cristal; que si me habían tenido que amputar las dos piernas por haberme descalabrado mientras bailaba un chotis con un político de Yucatán. Y por supuesto, que estoy montada en el dólar y que a ver cómo podrían quitarme del medio, no sin antes engatusarme para que firmara un papel notarial de bla bla bla.
Lo importante: desde entonces no hay un solo vecino que no se desviva por mí y muestran un respeto excesivo hacia mi persona. Vamos, ni a un capó
mafioso se le respeta tanto. Todos me ayudan, me hacen la pelota descaradamente y me vienen con prebendas y regalos. Incluso el presidente de la comunidad me mandó una carta para comunicarme que estoy exenta de pagar la mensualidad por no sé qué pantomima que se sacó de la manga.
Ahora sí que sí vivo sin apuros económicos.
De esto tengo que estar eternamente agradecida a la vecina, de no ser por ella aún me las vería y desearía.