Gritos de desesperación y el estridente sonido del claxon era lo que se oía dentro del coche de Alberto. Tras varias hileras rectas de vehículos -de los que no podía precisar el número exacto- el suyo era el último de su fila.
¡Píiiiii! Pitaba, ya no solo su coche, sino decenas más. ¡Pí! ¡Pí! !Píiiiii!
Alberto sacó la cabeza por la ventanilla; se veía barullo y confusión. Pero ¿Qué ocurría? Todo era incertidumbre y a aquel padre de familia le estaban consumiendo la angustia y los nervios.
Como cada día, de lunes a viernes, las prisas le acompañaban eternamente en el recorrido que va desde la puerta de su trabajo -al otro lado de la urbe caótica, contaminada y ruidosa en la que residía- hasta la entrada del centro de enseñanza donde cursaba los estudios de primaria Eduardo.
Eduardo tenía ocho años de edad y era su único hijo. Y allí mismo, a la vuelta de la esquina, estaría esperándole.

Era viernes y hacía más de treinta minutos que Alberto había salido de su oficina. Procuraba llegar siempre a tiempo, más que nada porque no quería hacer esperar a su hijo a la salida del colegio. Era pequeño, y de no llegar a la hora cabía la probabilidad de que no tuviera la capacidad de comprender el por qué de la tardanza del padre. Y aquel día no llegaría de forma puntual a recogerle.

De camino, un atasco descomunal e imprevisto le mantuvo retenido cerca de diez minutos. Y ahora, esta segunda retención -a escasos pasos del destino- solo lograba que la ansiedad y un sentimiento de culpabilidad se apoderaran de él: y si me bajo del coche y voy al colegio y le recojo…-Pensó-. Ya sí, pero… ¿Y si justo en ese momento se restablece la circulación?-. Se preguntó-. Lo mejor es llamar por teléfono a su madre y decirle lo que está pasando. Quizá a ella le den permiso en su trabajo y pueda acercarse a por el niño. Sin dudarlo Alberto marcó en el móvil el número de su mujer: tututú, tututú:

-Mierda. Comunica-. Volvió a marcar, esta vez probó suerte con el número fijo-. A lo mejor aún no ha salido de casa… Aunque me extraña… No sé, tal vez se haya entretenido…-. Tras varias señales saltó el contestador automático: “en estos momentos no le puedo atender. Por favor, deje su mensaje después de oír la señal.” Impotente, de nuevas marcó el móvil de su mujer:
-Coge el teléfono, por favor.- Musitó. Entremedias su teléfono sonó, entraba una llamada. En la pantalla se podía leer “número oculto”. Malhumorado dio al botón de colgar:
-Para llamadas ocultas estoy ahora yo-. Balbuceó. Y dando a la re llamada al móvil de su mujer, esperó: “el número al que llama está apagado o fuera de cobertura en estos momentos”. Una segunda locución le impedía comunicarse con la madre de su hijo. Y la angustia de Alberto se acrecentó.

Al fondo se distinguía un par de patrullas policiales, y más allá, se escuchaba la sirena de una ambulancia. El hombre se apeó del coche, dejándose olvidado el móvil en el asiento del copiloto. Y preguntándole a un señor si sabía lo que estaba pasando fue cómo se enteró que la congestión tenía una razón de ser bastante grave: la zona estaba cortada al tráfico durante un tiempo ilimitado porque una moto había atropellado a una persona.
-Señor ¿Puedo pedirle un favor?
-Sí, dígame.
-Necesito ir a buscar a mi hijo pequeño-. Le dijo Alberto con extrema preocupación; y le explicó-. Tiene que estar muy asustando.
-Sí, sí, por supuesto, descuide. Esto parece que va para largo. Vaya a por el niño-. Contestó. Mientras Alberto corría en dirección al colegio su móvil sonaba: su mujer -rota de dolor- le llamaba… Otra vez. Sin embargo, nadie respondía:
-Coge el teléfono, por favor-. Suplicó ella. Rosa, la mamá de Eduardo, trataba de contactarle. En el primer intento el móvil de su marido comunicaba. Luego, por quedarse sin batería, le había llamado desde un terminal privado. Y ahora marcaba desde el suyo. Antes de salir de casa para ir al trabajo había recibido una llamada al teléfono móvil: era la directora del colegio de su hijo. El niño, tras esperar unos minutos a su padre y ver que no llegaba, había cruzado la calle próxima al centro escolar, y desafortunadamente, una motocicleta le había atropellado y matado.

Eduardo, parado en seco, no podía creer lo que tenía frente a la vista. Sus ojos estaban fijos en el cuerpecito que yacía, sin vida, en la carretera. Y perdiendo la conciencia, cayó desplomado al suelo ante la atónita mirada de la gente.