PARECE DE RISA, PERO ES PARA LLORAR

PARECE DE RISA, PERO ES PARA LLORAR

Okupación: YoMeKedoEnTuCasa.

El día 13 vino el lampista para hacer unos apaños. Porque en la casa nueva de Tavernes es un no parar de hacer arreglos y obras.
Y como yo estoy hasta el higo de estar todo el día limpiando…
… ¿Vosotros habéis escuchado eso que dice “desde que estoy jubilado disfruto de la vida a todo trapo”? Pues así mismo estoy yo desde que me jubilé, con el trapo todo el día en la mano.
Y eso, que al venir el hombre, un viernes, le dije a mi marido: Carlos, ¿Qué te parece si le damos las llaves del apartamento para que venga cuando quiera y nosotros nos vamos a dormir a un hotel en Cullera y pasamos allí el fin de semana, y descansamos?
-Vale-. Contestó.

¡Pues en mala hora le dimos las llaves!
El lampista, aprovechando la confianza depositada en él, se ha quedado de okupa en nuestra casa, y dice que no le sacan de ella ni con agua hirviendo.
-¡Pues hasta que no salgas no te pagamos!-. Le grité yo desde la puerta del apartamento.
-Me da igual-. Dijo él .-Yo me quedo en tu casa. Y si me denuncias, también me da igual porque la ley me protege… Ji, ji, ji. Y si entras, a la fuerza, te denunciaré y te detendrán… Ji, ji, ji.

De verdad, me “vi” a cagar en la puta leche. En mala hora le dije yo a este impresentable que viniera a quitarme el bidé.
¡La vida me va a quitar! Porque el bidé ya lo quitó. Y las cañerías y la carpintería de toda la vivienda para revenderlo.
¡Y no pasa rex!

Y ahí le tienes, a él y a toda su parentela. (Deben de ser mercheros, ¿Pues no me ha dicho el vecino de abajo que ha visto a un burro asomado por el balcón y que noche sí, noche también, tienen que llamar a la Guardia Civil por las parrandas que forman?
Y mientras, mi marido y yo pagando el agua, el gas, la luz; los ciento y pico pavos trimestrales de comunidad…
Ah, y no te lo pierdas. Como les multen, la multa la tendríamos que pagar nosotros).
¡Y no pasa rex!
Así está hecha La Ley en este país, señoras y señores.

Y aunque esto es una historia ficticia sucede en la realidad porque… ¡“Dis is Espein”!

BLANCA YA ES UNA ESTRELLA

BLANCA YA ES UNA ESTRELLA

Vista del barco Costa Deliziosa, desde Sky Tower. Sídney. Australia. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Carlos y yo conocimos a Blanca el año pasado, a bordo del barco Costa Deliziosa.
Blanca iba acompañada de su esposo Juanjo.
Todos estábamos haciendo un viaje de placer; un crucero que daba la Vuelta al Mundo.
(A diferencia del matrimonio, nosotros solo haríamos el tramo que atraviesa el océano Pacífico).

Carlos y yo conocimos primero a Juanjo. O mejor dicho, yo le abordé, un día del mes de febrero, reconociendo en su persona a un prestigioso escritor español: el señor J.J. Benítez.
Y al día siguiente mi marido y yo conocimos a Juanjo y a Blanca.

Debo admitir -como le admití a Juanjo-, que aunque los dos me cayeron realmente bien, la mujer caló más en mi corazón.
Ella, tan alegre, cariñosa y simpática, hablaba con una sinceridad inusual.
Ella, amable, decidida, resuelta, no parecía tener miedos.
Su fuerte carácter -aun suavizado-, me recordó al mío. Quizá el hecho de haber nacido las dos en el norte de España era un factor a tener en cuenta.

Blanca y Juanjo con Carolina Olivares Rodríguez. En algún lugar del mundo.

En aquel periodo de tiempo (corto pero intenso) en el que compartimos conversación, vinos; una cerveza, unos refrescos, le comenté:
-Blanca, noto que tu marido está triste, ¿Tiene depresión?
-No. No tiene depresión-. Respondió .-Pero sí está algo triste, y no sé por qué.
Yo tampoco lo sabía. Solo notaba su tristeza.

Y aquellos días, la alegría de Blanca contrastó y/o desentonó con la tristeza del hombre.
Meses más tarde, el motivo de aquella tristeza fue puesta a descubierto en uno de los libros que estaba escribiendo J.J. Benítez (Juanjo).

A primeros de marzo, y a bordo del barco de la naviera italiana, Blanca y Juanjo se despidieron de nosotros:
-Qué pena que ya os tengáis que bajar. Nos hemos conocido demasiado tarde-. Fueron las palabras de Blanca, horas previas a la despedida.
-Sí-. Afirmé yo. Y añadí .-Lo importante es habernos conocido.

Y minutos antes o después de despedirnos con besos y abrazos le dije a mi nueva amiga:
-Blanca, no me gustaría perder el contacto con vosotros, contigo. Te escribiré al wasap… Si te parece bien…
Y sí. A Blanca le pareció bien; tampoco quería perder el contacto.

Carlos y yo nos bajamos en Sídney; pero volvimos a coincidir con el matrimonio a la una de la tarde. Blanca nos dijo que nos pasáramos por la zona donde estarían comiendo para estar un rato más juntos.
Sin embargo, no fuimos.
Era nuestra primera visita a la ciudad australiana y queríamos aprovechar al máximo la estancia de tres días.

Por la tarde del otro día, y desde la Torre de Sídney, vimos zarpar al Costa Deliziosa… Y le dijimos un mudo “hasta pronto”.

Ya en España, de tanto en tanto escribí a Blanca. En los wasaps al móvil le informaba de la situación en España (a causa de la pandemia del coronavirus COVID-19). Y ella me mandaba fotos; y besos y corazones.
Y el tiempo fue pasando.

El día que J.J. Benítez cumple años -7 de septiembre- escribí a Blanca para felicitar a Juanjo.
Y ella me respondió, amable, cariñosa…

Cubierta del libro La gran catástrofe amarilla, de J.J. Benítez.

En octubre de 2020 la editorial Planeta publicó el último libro del señor J.J. Benítez. Se titula La gran catástrofe amarilla.
El libro es un diario de a bordo.
Juanjo, nuestro amigo, el escritor, nos dedicó a Carlos y a mí unas líneas. Y escribí a Blanca, dándoles las gracias.
-Gracias y besos-. Fue la escueta respuesta.

Y el tiempo… Pasó.
Y llegó la Navidad. Pero no les felicité. Porque ya lo había hecho el 21 de agosto, que es cuando ellos celebran el nacimiento de Jesús de Nazaret.
Y Blanca, amable y cariñosa (como siempre), me mandó una bonita imagen del belén navideño que ponen en su casa ese día.
Y el tiempo… Pasó.
Y el último día del año escribí a mi amiga para desearles un Feliz Año Nuevo 2021…
… Sin embargo… Ese año, la felicidad se estaba olvidando de algunas personas.

Y el tiempo… Pasó.
Y Blanca dejó de responder a mis mensajes. Y yo dejé de escribirle.

Y Blanca, más tarde, dejó de escribir, de leer. Y no volvería a viajar ni por tierra ni por mar…
… Pues se marchó.

A Blanca le diagnosticaron un cáncer…
… Y el 26 de enero de 2021, la mujer y compañera de vida de Juanjo, se convirtió en estrella. En una estrella eterna.

Jueves, 4 de marzo de 2021.
Escrito por Carolina en algún lugar de España.

Blanca: aquí, en la Tierra, algunas personas llamamos a otras estrellas.
La luz de esas estrellas tiene fecha de caducidad. En cambio, las estrellas en las que se transforman las personas, que como tú, os vais… Desprenden una luz que brilla (y brillará) para siempre en los corazones de los que os quieren y recuerdan.

EL ANTES Y EL DESPUÉS DEL VIAJE DE LA HUMANIDAD

EL ANTES Y EL DESPUÉS DEL VIAJE DE LA HUMANIDAD

Portada de la antología Semillas de bosque.

Los domingos me dedico a pasear por los senderos que surcan la sierra madrileña. Deambular entre las murallas de los altos pinos que la Madre Naturaleza ha forjado a lo largo de años, me traslada a la infancia que pasé en mi tierra natal, allá por Cantabria. De mi ayer hasta este presente ha llovido, nevado. El cielo se ha cubierto de rayos y truenos, el sol y la luna han iluminado mi existencia… Y mis sueños, tanto cuando soñaba durmiendo o cuando lo hacía despierta. Y entre medias… Han sucedido tantas cosas… Sin embargo, parece que algo haya cambiado en mi planeta, ¿Inevitablemente? No, podría haberse evitado. El hombre podría haberlo hecho. Parajes, ríos; ciudades o selvas… En parte están arrasados, cuando antaño fueron fructíferos y hermosos.

El cambio que menciono desgraciadamente es veraz. Ahora todo el paisaje es diferente, la humanidad ha destrozado el medio ambiente. Por ello el mundo animal llora de tristeza.
La tala masiva de árboles en el Amazonas -considerado un gran pulmón natural- ha contribuido al cambio climático. Es probable que las aves que surcan los bosques, las campiña y las verdes praderas, se pregunten mientras revolotean en el aire, ¿Por qué los seres humanos, si son inteligentes, están desolando el planeta?
Cuando de niña mis pies se hundían bajo las arenas de las playas cántabras, decoraban en ellas corales, caracolas pequeñas y conchas de colores. Hoy, en los granos de arena de esas playas paradisíacas solo hay restos de basura. Y donde la naturaleza había formado un paraíso, la mano del hombre lo ha ido sustituyendo por un estercolero. Ahora, cuando voy a perderme por el monte siempre llevo conmigo una bolsa vacía de plástico para poder llenarla de objetos que otros, bien por desidia, bien por ignorancia, vierten en él.

En mis múltiples viajes contemplé lagos y cataratas; incluso he podido sentir en la piel de mi cuerpo las eternas aguas de algunas de las cascadas que invaden islas sitas en el mar Caribe y en los océanos Índico o Pacífico. En el pasado, en Noruega, derramé lágrimas frente al glaciar de Brickdal al tiempo que el hielo iba desprendiéndose de sus abruptas y gélidas paredes. También al norte de Europa, pasado el Círculo Polar Ártico, enmudecí absorta viento la aurora boreal. Y junto a los moáis de la isla de Pascua, desde la pasarela artificial que separa la frontera natural de Argentina con Brasil en las cataratas de Iguazú, en mitad de las erosiones del Gran Cañón del Colorado, he visto florecer mágicos arco iris que parecían estar fabricados con cristal… Entonces he pensado: las luces del Norte y los colores puros de la luz permanecen intactos… Todavía, allí arriba.
Somos un conjunto de átomos; un punto microscópico que renació en el cosmos. Un círculo, una esfera gigantesca que del mismo modo que existe, en un futuro impreciso… Desaparecerá. Dilapidemos la negligencia, tomemos conciencia de lo afortunados que somos simplemente por vivir. Cuidemos nuestra Tierra, al medio ambiente. Es incongruente tener que invertir tiempo y dinero en repoblar y limpiar lo que fluyó como creación perfecta porque caprichosamente, invirtiendo asimismo dinero y tiempo, todos y cada uno de nosotros lo estamos destruyendo.
Es cierto que la contaminación me impidió divisar el amanecer en países del sol naciente; pero debo añadir que -observando como el ocaso pincelaba su particular acuarela abstracta- la emoción se apoderó de todo mi ser en Maldivas, con lo cual…
… Aun queda esperanza.

El relato forma parte de la antología solidaria Semillas de bosque
VV.AA.

LO QUE TÚ PERCIBES Y LA VERDADERA REALIDAD

LO QUE TÚ PERCIBES Y LA VERDADERA REALIDAD

Atardecer en el océano Pacífico. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Aquel sábado, tras el funeral de su marido, Claudia se fue sola a casa.
-¿Estás segura? ¿No quieres que te acompañemos?-. Le había preguntado su querida prima Manoli.
-No, tranquila.

Claudia necesitaba estar sola. Debía aprender a asimilar que la compañía de Ángel iba a ser sustituida por una aplastante soledad…

En otra parte del país -en su residencia de verano-, el grupo de vecinas, envidiosas y faltas de cuidado personal, comentaban entre sí:
-¿Dónde habrá ido Claudia?
-vete tú a saber.
-Seguro que se ha ido de vacaciones con alguna amiga y ha dejado sola al marido.
-Seguro. Porque tiene una pinta de pendón. Alta, delgada, morena… Qué esperas.
-La de cuernos que no tendrá el marido…
-Sí. Es una caza fortunas. Al parecer el marido está montado en el dólar.
-Sí, sí. Es la típica mosquita muerta. Cuando está aquí, ¿No veis cómo la miran nuestros maridos? Se la comen viva con los ojos.
-¡Es una buscona!
-A ver si venden el apartamento y no la volvemos a ver.

Las gotas de lluvia golpeaban los cristales de la ventana. Porque el cielo lloraba.
Claudia también lloraba. Y mientras sus ojos se vaciaban, su corazón se inundaba de dolor.
Nada importaba ya. De nada servía la belleza, la inteligencia; su situación privilegiada…
Claudia vendió sus propiedades y donó la mitad de lo obtenido a una fundación.
Y se marchó del país para no regresar.
Sabía que las vecinas, desde la ignorancia, la criticaban y juzgaban. Estaban equivocadas, no solo por criticarla y juzgarla, sino por centrar su energía en vidas ajenas, descuidando las suyas; y a sus maridos.
Ahora vive en una isla, sita en el océano Pacífico, rodeada de su otro gran amor: el mar.
Todo lo que poseyó, quedó atrás.
Y de la vida que compartió con su marido, solo se llevó el inmenso amor que le profesó. Y que sigue profesándole.
Cada atardecer, contempla la puesta de sol. Y entre las nubes, y las estrellas, al anochecer, busca a su Ángel.
La única esperanza que le queda es saber que él la espera… Y que un día… Se encontrarán y se fusionarán para ser dos luces en una sola.

CUANDO BAILÉ CONTIGO SOBRE UN TABLERO DE AJEDREZ

CUANDO BAILÉ CONTIGO SOBRE UN TABLERO DE AJEDREZ

Portada del libro de Carolina Olivares Rodríguez EL DIARIO DEL ALMA.

He vuelto a soñar contigo. En ocasiones, lo hago hasta despierta. Fue un sueño misterioso, al igual que todo lo que le rodeó.
Me hallaba en una amplia estancia, sin techo. En su lugar había una alta cúpula de la que colgaba una aparatosa lámpara en forma de araña. Era de acero, parecía una tarántula. De ella, pendían diamantes coralinos en forma de tentáculos. Cada uno contenía cinco piedrecillas de fino cristal. Tuve la sensación de que eran lagrimitas de esmeralda. Las paredes, inexistentes. Por fuera no era posible ver fachadas, todo lo coronaban gruesos ventanales. Lo que más me llamó la atención fue el suelo, imitaba a un tablero de ajedrez; se componía de baldosas de mármol. Aproximadamente debían de tener cincuenta centímetros de ancho por otros tantos de largo. Unos eran blancos, otros eran negros. Se alternaban. La habitación estaba iluminada por la tenue luz de la luna llena. Esta desprendía hermosos rayos luminosos -que a mi parecer- chocaban contra las piedrecillas del cristal de la lámpara. La mezcla de los rayos de luz con estas, hizo que ante los ojos de mi imaginación, yo pudiera visualizar como brotaban minúsculos arco iris que giraban, giraban y giraban alrededor de soles inmaculados. Otros rayos golpeaban los baldosines y, sorprendentemente en mi sueño, pude contemplar como el suelo se trasmutaba en un brillante océano de terciopelo.
Hasta entonces, en torno a mi persona, había habido un mudo silencio. Lo único que atiné a oír fue mi propia respiración y los latidos de mi solitario corazón. De repente, un inesperado e inoportuno reloj, que nadie había ubicado en ninguna parte comenzó a sonar, empezó a dar campanadas…
Y de fondo… Escuché una canción. Era una preciosa balada, La dama de rojo.
Permanecía de pie, en medio de aquel espectáculo que para mí misma había figurado. De pronto… Te vi. Apareciste tú. Sin embargo, solo eras una sombra, al igual que lo era yo. Fuimos dos estatuas; sendas figuras hechas con papel celofán. Éramos la silueta de dos perfiles sombreados: uno cercano, otro lejano. Desconcertada ante el intruso que eras tú, cerré los ojos. Al abrirlos me abrumó la angustia. Y un halo de impaciencia me sobrecogió: estabas junto a mí. Haciéndome la despistada opté por estudiarme a mí misma, como quien ambiciona salir de su propio yo para poder examinar a su yo ilusorio. Llevaba puesto un vestido rojo; era ceñido, me cubría toda la anatomía hasta los pies ¿Sería el mismo que Chris de Burgh llevó en sus pensamientos para su “dama de rojo”? Yo era alta y delgada, casi escuálida. De media melena suelta; pelo lacio, oscuro. Con zapatos de tacón, descalzos, negros. Volviendo a mí misma te analicé. Ibas ataviado con un traje negro, sin corbata. Acompañaba tu indumentaria una camisa blanca de lino…
Y tú estabas frente a mí, y yo estaba frente a ti.
Sinceramente, no tuve la menor idea de cuál debía de ser la manera más correcta de actuar. Voluntariamente tomaste la iniciativa. Respiré, qué cordial que pareciste. Para mis adentros, pensé: así deben de comportarse los auténticos caballeros. Y bromeé conmigo misma: si es que todavía queda alguno.
Sin más preámbulos, me cogiste con las manos por la cintura. Al hacerlo, un intenso escalofrío recorrió de arriba abajo mi cuerpo. Fue la primera vez que me tocaste. Sentí cómo Cupido con su arco me lanzaba una saeta de amor, y como esta, se clavaba en el centro de mi dolido corazón. Y despacio nos pusimos a bailar. Confiada, coloqué los codos sobre tus hombros y dejé que mis manos oscilaran libres por detrás de ti. Y me atreví a acariciar con las yemas de los dedos la tela de la chaqueta que te cubría…
Y en aquel momento… Me sentí dichosa.
Con timidez apoyé la cabeza en tu pecho. Noté como te latía el corazón. Y sin querer, descubrí que tú, al igual que yo -aunque a veces te cueste admitirlo- posees un poderoso corazón que palpita aceleradamente. Diría que, en ocasiones, lo hace alocadamente. Sin saber por qué, tuve miedo, rocé el pánico. Y retiré la cabeza se tu hombro. Me acaparó la confusión… O la cobardía. Tu pésima intuición hizo que creyeras que yo no me fiaba de ti. Y tu reacción me confirmó que preferiste apartarte de mí. Con firmeza diste un paso hacia atrás. Y retirando yo los brazos y retirando tú las manos de mi talle, pusiste tus palmas en mis hombros desnudos, y las deslizaste por mis brazos hasta las muñecas. Una vez aquí, las roté. Y las yemas de tus dedos, con ternura, rozaron las yemas de los míos, hasta que dejamos de tener contacto físico:
-Has destruido la magia-. Dijiste .-Por un instante había creído que tú eras mi reina blanca y que yo era tu caballo negro. Me he equivocado, otra vez.
-Ahora tú también estás desmoronando la magia, la mía-. Acerté a contestar con decepción .-Puesto que yo había dado por hecho que éramos dos náufragos de cartón, y que bailando, nos habríamos podido revolcar entre las aterciopeladas situaciones que nos proporcionaba el afortunado sentimiento del amor.
En tu rostro se asomaba la indiferencia. Yo solo veía nieblas. Con esto, te diste la vuelta y desapareciste en la fantasmagórica nube que se levantó al fondo del habitáculo. Intuyo que, faltó comunicación ¿O acaso no supimos comprendernos el uno al otro?
Este fue mi sueño. Y lo que puedo recordar de él, es que tú y yo… En mi sueño… Solamente bailamos.

(Sin fecha. Año 2000).

Y soñé que bailaba contigo esta melodía.
Si la vida no me concede el privilegio de poder danzarla junto a ti, imploro que al menos tú -en algún momento de todos los que albergan tu existencia- la puedas bailar con la dama de tus ensoñaciones.

Poesía extraída de mi poemario EL DIARIO DEL ALMA (versión revisada y ampliada).

EL DIARIO DEL ALMA puedes comprarlo aquí:

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LOS PERROS Y SU MUNDO

LOS PERROS Y SU MUNDO

Carolina con un perro en Lima. Perú. Foto tomada por Iván Gamero Olivares.

Este mediodía otoñal, mientras disfrutaba de un momento de relax junto al mar, me ha dado por pensar en el mundo de los perros.
Creo que me ha dado por pensar en ello porque acaba de hablar con una vecina del suyo. Y entre las cosas que me ha contado de su perrín, me ha dicho que a veces -cuando se queda solito porque ella y su marido se van a trabajar-, llora.
-Ay, sí. Pobrecito. Mi marido y yo le oímos llorar-. Le he dicho yo.
-Muchas veces mi marido viene antes de tiempo porque le da congoja que el animal esté llorando-. Me ha dicho la señora.

Y pensando en las veces que he oído llorar al perro de la vecina me he acordado de uno que vimos mi hijo Iván y yo en Lima, en una de las calles que desembocan en la plaza de Armas.
En agosto de 2012 Iván y yo hicimos un viaje de nueve días a Perú. Y poco antes de entrar a un museo vimos a un hombre con un perro pidiendo limosna.
El perro debía de ser viejecito, y santo. Porque su dueño le había adornado con atuendos típicos peruanos y le había puesto unas gafas de ver, y como se le cerraban los ojos y se dormía, se iba para un lado. Y el dueño, palo en mano, le empujaba con él para enderezarlo.
Y así, perro y dueño, dueño y perro, se traían un juego… Bueno, de juego nada, pues de sobra se veía que el perro no estaba para historias, sino más bien para que le dejaran tranquilo.
-Mamá, ¿Le damos dinero?-. Me preguntó mi hijo, que siempre que ve gente pidiendo limosna (o cantando y/o tocando instrumentos musicales en el metro de Madrid) les da una propinilla.
-Perdone, ¿Le importaría que mi hijo me hiciera una foto con el perro?
-No, señora; pero a cambio écheme una monedita, ¿Sí?

Y pensando en los perros, y en su mundo, he llegado a esta conclusión: creo que a los perros les debe pasar lo mismo que a las personas, que si son pequeñines y se quedan solos, lloran por echar de menos a sus dueños; sin embargo a los que son viejecillos no les debe de gustar mucho que les toquen las narices, y entre que se las toquen o quedarse solos, les gustaría estar solos.
Pero una cosa es lo que a todos nos gustaría hacer y otra lo que realmente hacemos.