EL DÍA QUE LA HUMANIDAD DEJÓ DE SER RACISTA

EL DÍA QUE LA HUMANIDAD DEJÓ DE SER RACISTA

El planeta Tierra.

Con el paso del tiempo los seres humanos sufrimos un castigo divino por rechazar a nuestros semejantes.
Como siempre pagaron justos por pecadores.

Y sucedió que nuestros genes mutaron y sufrieron transformaciones inexplicables. Así, en zonas de Oriente y en la cultura esquimal comenzaron a nacer bebés pelirrojos o de raza negra, y en Sudamérica y en países africanos los recién nacidos eran blancos, mulatos o tenían los ojos achinados.
Los matrimonios cuyos padres tuvieran los ojos azules y fueran rubios podrían procrear descendientes con ojos y cabello negro. Y las familias se encontraron acunando criaturitas de rasgos que previamente habían aborrecido.

Las nuevas generaciones debieron soportar las inclemencias de climas para los que no estaban preparados genéticamente. Y no fue hasta pasadas varias décadas que pudieron aclimatarse y adaptarse.
Antaño lo hicieron sus antepasados. Porque muchos emigraron a otras zonas del planeta en busca de nuevas vidas. Y sufrieron en carne propia la sin razón de los actos racistas.
Ahora el concepto había cambiado y la palabra racismo no tenía cabida en el mundo.

Desde que ocurrieran las primeras mutaciones genéticas la población mundial desechó en unanimidad la absurda idea que había desencadenado -en la historia de la humanidad- tantos conflictos y guerras; tanta masacre. Y tantas muertes innecesarias.

Y llegó el día en que los humanos -aun no teniendo la misma apariencia externa- se aceptaron los unos a los otros como lo que son: iguales.
Finalmente comprendieron el significado de la existencia humana: todos somos hermanos, y desde los albores de la Tierra, nos unen inquebrantables lazos de sangre.

CARTA ESCRITA POR UNA NIÑA PEQUEÑA A SU ABUELO ITALIANO

CARTA ESCRITA POR UNA NIÑA PEQUEÑA A SU ABUELO ITALIANO

Fotograma de uno de los capítulos de la serie de televisión The Simpsons (Los Simpson).

Querido abuelito:

Espero que tras la operación que el médico te ha hecho te recuperes pronto para que vuelvas a jugar conmigo… Aunque bueno, jugar lo que se dice jugar, tampoco es que juegues mucho.
Espero que cuando estés en casa dejes de fumar esos puros que huelen a rayos -que son los que te han llevado al hospital- y dejes de mandar matar a los hombres que mandas matar. Total, ellos serán malos pero tú abuelo, santo lo que se dice santo, no eres…
Y a ver si cierras esos negocios de juegos y bebidas que aunque yo nunca las haya probado ¡Sé que saben fatal!
Procura portarte bien con la abuelita, que te he visto hablar con otras mujeres ¿Y sabes qué? Que yo, cuando sea mayor, no quisiera que mi marido me dijera o hiciera alguna de las cosas que yo veo que tú le dices y haces a la abuela.
También espero que dejes de cortar cabezas a los caballitos. Porque no te han hecho nada malo y son muy bonitos. Y además los animalistas se te van a echar encima y te vas a ver metido en otro nuevo lío, y ya tienes muchos problemas como para meterte en más.
Y bueno, abuelito, que estoy deseando verte para darte un beso y abrazarte.
Aunque… Jolines, siempre que te abrazo me hago daño con el revólver que llevas en la cintura.
Pues eso, abuelito.
Te quiere.
Tu nieta.

(Carta dirigida al Padrino).

EL ARQUITECTO QUE QUERÍA UN CASTILLO DE ARENA

EL ARQUITECTO QUE QUERÍA UN CASTILLO DE ARENA

Playa de Cullera. Valencia. Comunidad valenciana. España. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Aquella mañana, mientras daba mi matutino paseo por la orilla de la playa, me topé -junto a unas rocas con algas- con los restos de un castillo de arena.
Sin darlos mayor importancia continué caminando.
Si bajaba la vista al suelo veía como las olas del mar rompían en mis tobillos llenándolos de granitos de arena. Por el contrario, si alzaba los ojos al cielo la bruma marina me impedía ver los tesoros que oculta el cosmos.
Tesoros, cuántos guardarán los océanos en sus profundidades. Tantos como secretos hay almacenados en los corazones de la humanidad.
Al llegar al final de la playa me giré para andar lo desandado. Y busqué las huellas hundidas de mis pies en la arena húmeda. Ya no estaban.
Apenada reanudé la marcha.
Lo tenía todo; y sin embargo tenía la sensación de que me faltaba algo.
En mi interior el silencio se rompía. Lo rompía el ruidoso movimiento que iban haciendo los engranajes invisibles de mi fantasía…
Y por el horizonte vi asomar una ballena gigantesca. De ella salió un chorro de agua, que al contactar con el aire, se convirtió en espuma. Y por ella surgieron un caballito y una estrella de mar que, cual cohetes, salieron disparados hacia arriba.
Mientras viajaban hacia el firmamento dejaron una bonita estela. La estela imitaba ser una nube más… Pero realmente era un camino mágico con el que poder llegar a la Tierra. Y por él vi cabalgar al caballito de mar.
En su lomo iba la estrella. Venían hacia mí.
Cuando el caballito llegó a la playa yo me encontraba junto a las ruinas del castillo de arena.
-Soy el arquitecto de los sueños-. Dijo el caballito de mar .-Y quiero que construyas un castillo de arena para que en él pueda vivir mi estrella.
Ella está buscando la casa de sus sueños.
-Yo nunca hice castillos de arena-. Acerté a decir .-Solo fabrico castillos de fantasía.
-No importa que nunca hayas hecho castillos con arena-. Habló la estrellita .-Quien fabrica castillos de fantasía también puede hacerlos de arena.
-Pero ¿Por qué de arena?-. Le pregunté al caballito.
Cuando se vive en un castillo construido con arena aquello que se desea se hace realidad.
-¿Cómo te llamas?-. Preguntó la estrella de mar.
-Estrella-. Respondí yo .-Me llamo Estrella.
-Te llamas como yo.
-Sí. Me llamo como tú.
-No es que se llame como tú: ella eres tú-. Aclaró el caballito de mar.
Estaba perpleja. Y antes de que me dejara hablar añadió .-He de decirte algo importante. Todos tenemos deseos y sueños, y si los pedimos de corazón se cumplen. Y a veces no nos damos cuenta que lo que seguimos deseando, una y otra vez, se materializó hace tiempo.
Era verdad.

Yo era arquitecta. Buscando el hogar perfecto había realizado docenas de diseños y había dibujado cientos de planos. Pero siempre los desechaba. Y seguía soñando.
Hace años vine a vivir junto al mar, junto a la playa. Era lo que quería.
Cuando quise reparar el caballito de mar y la estrella ya no estaban.
En la arena no había rastro del castillo de arena.
No importaba. Yo tenía mi particular castillo. El que siempre soñé.

EL GATITO QUE BUSCABA CARIÑO

EL GATITO QUE BUSCABA CARIÑO

Gatito acurrucado. Parque Central de Miraflores. Lima. Perú. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

En cierta ocasión, un pequeño gato callejero se topó a medianoche con un anciano. Estaba tirado en la húmeda y sucia acera de la calle. Vestía con harapos, tenía greñas y una barba canosa.
El hombre y el gatito tenían la misma condición: eran vagabundos.
Despacito y sigiloso, el animal se acercó mucho más al hombre. Por error le creyó dormido pero no: estaba despierto. Con tristeza miró al animal mientras se preguntaba para sus adentros: ¿cómo es que este gato se ha acercado tanto a mí si nadie osa hacerlo nunca?-. De repente el minino ronroneó, y alzando la cola, empezó a rozarle la cara con el terso pelo que cubría todo su cuerpecito.
El hombre, que hacía mil años que no recibía muestras de afecto por parte de ningún ser humano y no recordaba lo agradable que resulta recibir amor de un ser vivo se sorprendió. El concepto que tenía de estos animales distaba mucho de lo hacía este. Pensaba que los gatos son ariscos por naturaleza; en cambio el gatito… Era tan cariñoso.
Súbitamente el vagabundo se incorporó. El minino, asustado, echó a correr.
Al ratito se paró y, dándose la vuelta se sentó en el suelo y se quedó mirándole.
-Oh, no te vayas-. Le suplicó .-Perdóname si te asuste, no fue mi intención… Vuelve, por favor-. Y tras pronunciar las palabras el gato regresó a su lado.
El vagabundo tomó al animal y, con suma delicadeza, le colocó en su regazo.
El gatito que, bien por frío, bien por temor, temblaba, dejó de hacerlo. Y después de bostezar cerró los ojos y se quedó dormidito.
El corazón del anciano se colmó de alegría y felicidad. El gato y él tenían algo en común: a los dos les sobraba soledad y les faltaba amor. Y esto, precisamente, les había unido.
Aunque habían caminando por sendas distintas finalmente los caminos de sus vidas se habían cruzado. Quizá por ello se habían encontrado.
Desde entonces se hacen compañía, cuidan el uno del otro y se quieren. Y no tienen la menor intención de separarse.