BUSCANDO LA BUENA SUERTE EN LA ROMERÍA DE SELAYA

BUSCANDO LA BUENA SUERTE EN LA ROMERÍA DE SELAYA

Trébol de cuatro hojas. España. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

En agosto de 2019 mi hermana Rosa y su novio Tino, que gustaban mucho ir de romerías, fueron a la de Valvanuz, en Selaya.
Y estando abajo, en el pueblo, porque la romería se celebra arriba, en los valles pasiegos, junto al santuario de Nuestra Señora de Valvanuz, estuvieron dando un paseuco. Y antes de subir al santuario, Tino, que allá donde iba tenía que comprar lotería, compró un décimo.

Ya en la pradera, y entre el gentío del jolgorio, Tino le dijo a mi hermana:
-Rosuca, voy a ver si encuentro la buena suerte.
-¿Cómo la buena suerte?-. Le preguntó ella.
Entonces le explicó que para que la lotería les tocara había que buscar la buena suerte. Y la buena suerte se atraía al pasar el décimo por la chepa de un giboso.
Y con la misma, Tino, se puso a buscar entre los paisanos, con tan buena suerte que vio a un giboso. Y yendo hacia él exclamó:
-¡Hooobreeeee! ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo estás?
Y el otro, que no le conocía de nada, pero no sé si por estar en fiestas, por seguirle la corriente o por haberle tomado por loco o por tonto (o por todo a la vez), contestó así:
-Estoy muy bien, amigo.
Y Tino, que como bien he dicho, estaba buscando la suerte, aprovechó la ocasión. Y abriendo las brazos le dijo:
-Qué alegría verte. Ven aquí, caguen diez, y dame un abrazo.
Y mientras los fulanos se abrazaban, Tino le pasó el décimo de lotería por la chepa.

Pero la cosa no acabo aquí. Porque para que la lotería les tocara había que seguir buscando la suerte.
-Rosuca, ahora tenemos que encontrar a una mujer embarazada-. Le dijo Tino a mi hermana.
-¿Pero “paqué” Tinuco, “paqué”?-. Le preguntó ella.
-¿Cómo que “paqué”? Pues “pa” pasarle el décimo por la tripa. Así también se atrae la suerte.
Y entonces, buscaron y buscaron entre los paisanos vestidos de pasiegos. Y como no vieron a ninguna mujer embarazada volvieron a bajar al pueblo. Y en el pueblo, buscaron y buscaron y buscaron… Hasta que finalmente vieron a una.
Y entonces, Tino, acercándose a la mujer, así, con disimulo, hizo como que se tropezaba con ella:
-Ay, señora, perdone, perdone-. Se disculpó, al tiempo que le ponía una mano en la barriga.
-Tenga “cuidao”, hombre, que me va a hacer echar al chiquillo que llevo aquí dentro antes de tiempo.
Y así quedó la cosa.

Pero cosas de la vida, pues después de haber estado buscando tanto la buena suerte, no tocó la lotería.
-Hijo, la lotería no habrá tocado-. Le dijo mi hermana a Tino .-Pero no será porque no tocaste tú… La chepa, la tripa… Y las narices bien tocadas a mí, porque… Vaya día me diste…

ENTIERRO FORZOSO

ENTIERRO FORZOSO

Foto cedida por Juan. Albalat de la Ribera. Valencia. Comunidad valenciana. España.

Coincidiendo con la llegada de la primavera fuimos a Albalat para visitar a nuestro amigo Juanito. Y también a almorzar con él pues en Valencia el almuerzo es sagrado. Y a Carlitines y a mí… ¡Ya nos vale, ché! Porque desde que vivimos en Tavernes ni una sola vez hemos almorzado.
Y así, ¿Cómo vamos a ser unos buenos valencianos? ¡Imposible!

Ya en Albalat, sentados mi marido y yo con Juan en la terraza del balcón de su casa, comimos nuestro primer almuerzo. Y tras semejante comilona -con carajillos incluidos-, Mare de Déu, cualquiera mete algo al estómago hasta la hora de la cena.
Y no eran ni las doce del mediodía y ya nos fermentada la comida, y los carajillos, en el estómago, y en la cabeza, “cagón” la mar, ché. Porque nosotros, que no estamos acostumbrados a beber alcohol, “che nos chubió chodo a la chavecha, pero bien chubido”, ché.
Y vaya, en concreto yo, no sabía ni lo que oía, ni lo que decía ni lo que veía.
Porque, al parecer (y digo bien, al parecer, porque yo, repito, estaba sorda, muda y ciega perdida), y como al Piolín, me pareció ver a un lindo bichito posarse sobre el huevo frito del plato de Juanito.
Y creyendo que el lindo bichito era una avispa, quitándome un zapato, lo aplasté con todas mis fuerzas contra la yema amarillenta del huevo, exclamando:
-“Bais”, por ahí, lindo bichito, y so asquerosa.
Y entonces, Carlitines y Juanito, abriendo los ojos igual que los platos que estaban sobre la mesa, me miraron como quien mira a un demente:
-Ay, no me miréis así-. Les dije yo .-¿Pues no veis que os acabo de salvar de la picadura de una avispa?
Y poniéndome a bajar de un burro, los dos comenzaron a hacerme reproches: que sí esta Carolineta, mira cómo me ha puesto la camisa con la yema del huevo; que si Carola, eso no era una avispa, sino una abeja; que si, ay, “jodia”, a quién se le ocurre matar a una abeja, que como los burros, están en peligro de extinción, y sin abejas, casi que se acaba el mundo…
-Sí, hombre ¡Ahora voy a tener yo la culpa del calentamiento global y de que se esté derritiendo el hielo de los polos, no te fastidia!-. Grité .-Ni que fuera yo el toro que mató a Manolete, cojones.
Y bueno, como pude, cogí la abeja, ya muerta, de entre la yema del huevo. Y ahí me vino otra retahíla de reproches: que si solo se te ocurre a ti hacer eso… (Pues claro, por algo soy la Anchoíta del Cantábrico, y sus ocurrencias).

Y bueno otra vez, supongo que para calmar los ánimos bajamos los tres al bar de la esquina a tomar un café, y el aire. Porque yo necesitaba tomar el aire, que el café no me gusta.
Y mientras estábamos sentados en la terracita del bar tomando el aire (y los cafetucos), a Carlitos le cayó en la cabeza una cagada de paloma. Y como poco antes Juanito, que es muy chistoso, había contado un chiste de un elefante que volaba, dijo:
-Ay, Carlitos, menos mal que los elefantes no vuelan porque si volaran y en vez de cagarte encima una paloma te caga un elefante…
Y bueno. Así acabó la jornada.

A los días, dando el paseíto habitual mi marido, Juan y yo, suena el teléfono móvil de nuestro amigo:
-Ay, es mi hijo el mayor; qué querrá.
Y cogió el móvil. Y estuvo hablando con el hijo, que también se llama Juan, mira tú.
Y cuando colgó el teléfono…
Ay, ché, ¡La terraza del balcón de su casa estaba infestada de abejas!
Ay, ché. Ay, ché, ¡Ay, chéeeee! Pensé yo.
-Ay, ché, debiste matar a la abeja reina-. Dijo él.
-¡Sí, hombre!-. Exclamé yo.
-Que sí, Carolineta. Hay millones. Y ahora voy a tener que llamar a un apicultor de los varios que hay en Albalat para que traiga una colmena porque las abejas están de entierro entre las macetas de flores del balcón de mi casa.
-¡Sí, hombre!-. Volví a exclamar yo-. Van a ir las abejas holgazanas de entierro con lo vagas que son.
-Qué bruta eres, hija-. Dijo Carlos.
-Ay, yo creo que se llaman zánganos-. Dijo Juan.
-Holgazanas o zánganos, lo mismo me da que me da lo mismo. Además, son vagas “pa” lo que les interesa porque para ir a fecundar a la abeja reina no se andan con historias. Así que… Dejaros de abejas y de entierros o me subo “pal” apartamento y se acabó el paseíto, he dicho.

Y SE OLVIDARON A LA SUEGRA

Y SE OLVIDARON A LA SUEGRA

Muñecos artesanales típicos de Bratislava. Eslovaquia. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Ayer por la tarde, mientras Carletes y yo dábamos un paseo con Juanito, hablábamos los tres de las cosas de la vida. Y como nuestro amigo es muy hablador y sabe que me gusta mucho que me cuente cosas que le pasan, porque las cuenta con mucha gracia, dijo así:
-¿No os he contado nunca que una vez olvidaron a mi suegra? Se le olvidó a mi cuñada, la hermana de mi mujer.
Se habían comprado un coche nuevo, porque el otro que tenían era más viejo que yo y no andaba ni a empujones. Y para estrenarlo se fueron mi cuñada, su marido y mi suegra a pasar el día a Xátiva. Llevaban a mi suegra con ellos por estar la mujer como los xiquets de los matrimonios separados, que unos días están con la madre y otros con el padre. Porque así estaba mi suegra: una temporada con nosotros en Albalat y otra con mis cuñados en Cullera.
Y como la hermana de mi mujer es muy cabezona, se le metió en la cabeza que ese día -un domingo del mes de agosto-, para estrenar el coche, tenía que llevarlo ella.
¡Y ya lo creo que lo estrenó! Conforme fue a meter el coche en el garaje no calculó bien y le hizo un rayón… Ay, cojones. Pero eso pasó más tarde.

Esa tarde del estreno, de regreso al pueblo, y en la misma entrada, había una carabana de coches de miedo; y mi cuñada se puso muy nerviosa.
Y tan nerviosa se puso que cuando fue a adelantar al que llevaba delante el coche se le caló.
Si ya iba la mujer hecha un manojo de nervios, se puso peor al ver llegar a una patrulla de la guardia urbana.
¡Pare ahí! ¡Paré ahí! Le gritó un guardia.
Y con un susto de mil demonios se bajaron todos del coche.
¡Señora! Le gritó el mismo guardia. En vez de ir con tanta prisa, hagan el favor de ayudarnos a socorrer a una mujer que va en el vehículo que está detrás de ustedes, pues se ha puesto de parto.
Mi cuñada, de los nervios, no sabía qué hacer. Y si antes tenía prisa por salir de aquel atasco, ahora tenía más.
A todo esto, mi suegra, que se había bajado del coche la primera, esperaba en un lateral de la carretera, sentada en una silla plegable que le habían dejado los ocupantes de otro coche. Y esperando, escuchó gritar de nuevo al guardia: ¡Señora, váyase de aquí, que me está contagiando los nervios! ¡Así que váyase antes de que la multe! ¡Váyase, por favor, váyase!
Entonces, a mi cuñada le faltó poco para subirse al coche y salir pitando.
Pero… Ay, cojones. Cuando llegaron a Cullera… ¡Se dieron cuenta que mi suegra no iba con ellos!
Con las prisas y los nervios se la habían dejado olvidada en la carretera, y tuvieron que regresar a por ella.
Pero hija ¿Cómo no te diste cuenta que no iba en el coche? Le preguntó mi mujer a su hermana, al contarnos lo sucedido.
Ay, qué sabía yo. Contestó mi cuñada. Acaso no sabes tú que nuestra madre habla por los codos y que me pone la cabeza como una carraca de feria. Yo, al no oírla hablar, pensé: qué calladita va. Y para que no se animara a hablar, nosotros tampoco dijimos palabra. Pero… Ay, cojones ¡No hablaba porque nos la habíamos olvidado!
-¿Y cómo acabó la cosa?-. Le preguntó Carlitines a Juan.
-Ay, pues acabó bien.
Mis cuñados fueron a buscar a mi suegra… Al parecer, ella, al verles marchar, había salido corriendo tras ellos, con los brazos extendidos y gritando: ¡esperar cabrones, y no os vayáis sin mí!

A VUELTAS CON UN VECINO

A VUELTAS CON UN VECINO

Parc del Molló. Tavernes de la Valldigna (playa). Valencia. Comunidad valenciana. España. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

EL HOMBRE QUE SECUESTRABA GRILLOS

La pasada tarde, estando Carletes y una servidora tumbados en nuestro sofá -tipo cheslong, para más señas- de color gris, tapaducos con dos mantas (a rombitos azules, blancos y marrones, también para más señas), por encima del sonido de la tele oíamos un ruido:
-¿No oyes un ruido?-. Me preguntó Carlos.
-Sí-. Le contesté .-Es un grillo.
-¿Cómo un grillo?
-Sí. Es un grillo cantando.
-Ya. Como las cigarras, ¿No?
-Sí.
-¿Pero cómo va a ser ese ruido el de un grillo, Carolineta?
-Pues si no es un grillo, será la cigarra…
-No-. Me interrumpió .-Porque si fuera la cigarra cantando se escucharía también la bandurria.
-¿Qué bandurria?
-Coño, la que tocaba la cigarra mientras cantaba…
-Déjate de chorradas y vamos a ver de dónde viene ese ruido.

Entonces, levantándonos, Carlitines y yo nos pusimos a investigar para averiguar la procedencia del ruido, (que por mucho que mi marido me contradijera, ese ruido era el de un grillo cantando).
-Mira a ver si lo hace la bombilla-. Me dijo él, señalando la lámpara de pie .-Y tras investigar, nada.
-¿Y no saldrá del televisor?-. Le pregunté yo.
-No creo.
-Mira a ver, y apágala .-Y tras apagar el televisor, nada.

Entonces, yendo hacia la cocina -está junto a la puerta de la casa-, entramos. Pero nada, allí no estaba el grillo cantor.
-¿Abro la puerta?-. Me preguntó Carlos, cogiendo el pomo de la puerta de la calle.
-Abre a ver-. Le dije yo.

Entonces, al abrir la puerta de casa, el ruido se agudizó más aún.
-¿Dónde está el grillo?-. Le pregunté a Carlitines, más mosqueada que un sordo.
-En casa del extraterrestre-. Me dijo.
Nota: es que tenemos un vecino extraterrestre, y otro al que le llaman Terremoto; y al conserje le dicen “El Serenato”. Al parecer, su abuelo, hace muchos años, se fue a cagar, “paí”, al campo. Y a falta de papel higiénico para limpiarse el culo, agarró unas plantas que se llaman serenatas (las ortigas de toda la vida, que estos valencianos le cambian el nombre a las cosas, ché. Porque las serenatas son las que dan algunos por las noches).
Y eso, que me lio sola.

Finalmente Carlos y yo descubrimos que el ruido venía de la caldera del vecino.
-Hay qué joderse-. Dijo Carlos, cerrando la puerta .-Esa caldera… Si no explota, va bien la cosa.
-Calla, calla-. Le dije yo-. ¿No ves que si explota salimos volando por los aires? .-Y tumbándome de nuevo en el sofá, dije-. Carlitines, es imposible que el ruido lo haga la caldera.
-¿Ah, sí? Entonces, ¿Qué ruido es ese, eh?
-El del grillo que el vecino tiene secuestrado en la terraza de la cocina. Así que podemos estar tranquilos, Carlitines, pues si alguien va a salir volando por los aires, serán el vecino y el grillo. Porque… Huuum… Fijo que este hombre secuestra grillos para llevárselos a su planeta en un platillo volante… Huuum… Fijo que querrán hacer experimentos con él… Porque… ¡Claro! ¡De esos experimentos salió un alien! Porque… No me digas tú que los grillos no se dan un aire a los aliens, ¿Eh Carlitines?
-Madre mía cómo está esta mujer-. Me pareció escuchar de boca de mi marido.
Y así quedó la cosa.

¿EXTRATERRESTRE O VAMPIRO?

Una duda existencial sobrevuela mi cabeza. Y es respecto al vecino extraterrestre, que tenemos puerta con puerta.
A ver, Carlitines y yo llegamos a la conclusión de que el paisano no es de este planeta. Porque tiene unas costumbres extraplanetarias, como por ejemplo:
Tener la calefacción encendida las 24 horas del día, con más de 22 grados de temperatura. (Los de la compañía del gas tienen que estar contentos con él). Y esa es otra, no veas el ruido que hace la caldera, parece un grillo. Y sale un olor a gas… Cualquier día le encuentran los bomberos, o quien sea, ahí dentro… Uf, no lo quiero ni pensar.
Ponerse a hablar en alto, a horas intempestivas.
No salir de casa, en días, ni siquiera para bajar la basura, hacer la compra o dar un paseo.
Ponerse a dar unos golpazos, de ocho a nueve de la noche, que retumba nuestra vivienda, y la de abajo… Que debe de estar saltando a la comba o se dará cabezazos contra la pared (mientras se la machaca).
-Y ahí abajo está el Parc del Molló, que es bien hermoso. Y no baja a hacer deporte-. Dice Carlos, con muy buen criterio.
-Ya-. Dije yo .-Los vecinos de abajo no deben de estar… Pues cuando vengan le van a cantar las cuarenta bien cantadas.
De todos modos, somos unos “desgraciaos”. Huyendo en Alcorcón de los ruidos de la vecina folladora de arriba, damos aquí con los de este otro.

Sin embargo, y debido a los últimos acontecimientos, pensamos que no, que no es extraterrestre, sino vampiro.

Y es que… A ver, yo os cuento y luego vosotros me decís.
Son más de la una de la tarde, y el hombre, está metido en el apartamento, soliño, y con todo “cerrao”. Y a eso de la una y media sube la persiana. Y a eso de las cuatro menos cuarto la vuelve a bajar. Y a eso de las cinco y media la vuelve a subir, y habiendo luz natural -y habiendo hecho un día soleado- vuelve a subir la persiana. Y enciende, si no todas las luces de la casa, casi todas. (Los de la compañía eléctrica tienen que dar saltos de alegría con él). Y luego vuelve a bajar la persiana. Y así se queda hasta que nosotros nos acostamos, (entre las doce y la una y media de la madrugada).
Y si esto es normal, que venga Dios y lo vea.

Ya le he dicho a mi marido: el jueves vamos a comprar al “mercao” del pueblo y traemos ristras de ajos y las ponemos alrededor de las ventanas y colgando del pomo de la puerta de casa. Y también traemos unas cebollas…
-Pero si las cebollas no repelen a los vampiros-. Dijo él.
-Es igual. Las ponemos “pa” reforzar. Y por la noche cerramos las ventanas, no sea que se transforme en murciélago y se nos meta en casa y nos haga un nido en la terraza “pa” marcar territorio.
-Sí, hombre, va a marcar territorio. Él que tenga el suyo y nosotros el nuestro.
-Pues sí. Bastante tenemos ya con estar al quite de que no se nos metan las golondrinas y las palomas…
-¡O los cuervos!
-Eso, o los cuervos; que todo son preocupaciones, coño.
-Carolineta, cuenta también que lo más cojonudo de todo es que de cruzarnos con él no le podríamos identificar. Salvo que está calvo y lleva barba no sabemos cómo es.
-No me hables de identificar porque esto ya es para pensar mal… ¿No estará cumpliendo arresto domiciliario?
Desde luego, es para sospechar.
-Y tanto, Carolineta. Y tanto.
-Y digo yo… ¿Y si no es propietario y está de alquiler?
-Propietario o inquilino, no es normal. Y punto.

YO CALVO Y TÚ COLETA

A ver, tanto Carlos como yo, somos conscientes que tenemos lo nuestro (él se dio una vez un golpazo en la cabeza que vio, del tirón, a todas las estrellas del firmamento y a todos los pajaritos que cantaba María Jesús con su acordeón, y yo me caí de la cuna de cría), pero el que tenemos aquí, a nuestra vera…
-No tiene una “pedra”, tiene tres, Carolineta-. Me acaba de decir mi marido.

Y es que a ver. Está el hombre ahí dentro, sin salir de casa “pana”, que no le da el sol ni de día ni de noche (y sabemos que está vivo porque le oímos por las noches hablar en alto) y ya nos estamos empezando a preocupar muy seriamente por él.
¡Pues no está todo el rato hablando del Coletas!
Si es que, de lo alto que habla, le oímos incluso por encima de la tele, al tío…
Y eso, que está todo el rato: que si el Coletas esto, que si el Coletas lo otro.
A ver si le va a gustar… (Tanto hablar de él).
Oye, pues menuda pareja iban a hacer: aquel con el pelo largo y este otro calvo como la madre que me va a parir a mí.
Nada, nada, que siga hablando de él.

LA CAROLA Y SU POLÍTICA

LA CAROLA Y SU POLÍTICA

Política y Voz.

Esta tarde le he dicho a Carlitines que me voy a afiliar a Vox para poder presentarme a la alcaldía de Tavernes.
Y si yo me presento, como dicen en el Vaticano, “Habemus Alcaldesam”. Y no una cualquiera, no. Yo voy a ser de armas tomar.
-Y como el frotar, la falta de seriedad se va a acabar-. Le he dicho, en tono imperativo .-Porque desde el mismo momento que gane yo la alcaldía, la primera ordenanza municipal que voy a aprobar va a ser que todos los hombres se apunten al gimnasio “pa” que le den a las mancuernas y sus cuerpos se pongan musculosos. Esa la primera. Y la segunda va a ser que todos los hombres… ¡Qué ostias digo! ¡Los machos! Se dejen una barba, que vamos, cuando nos besen a las mujeres se nos despellejen los morros vivos. Y esto, para empezar a calentar motores porque después pienso…
-Echa el freno, Madaleno -.Me ha interrumpido él.
-¡Qué freno ni qué freno, Carlitines!
-Vamos a ver que me aclare, Carolineta, ¿Si a ti no te gustan los hombres fornidos ni las barbas?
-Ah, no. Las odio a muerte. Pero una cosa es lo que no me gusta a mí, y otra muy distinta es el deber y la obligación política.
-Ah, ¿Y el deber y la obligación política es que los hombres seamos réplicas de Santiago Abascal?
-Efectivamente.
-Ah, ¿Y cuándo dices que te piensas afiliar a Vox?
-Mañana mismo.
-Pues no sé si sabrás que para afiliarse a un partido político hay que pagar.
-No, señor. Los “jubilaos” estamos exentos y no pagamos.
-No tan exentos. Hay que pagar 1 euro.
-¿Ah, sí? Vaya, eso cambia las cosas considerablemente. Ya sabes que yo soy de la cofradía de la virgen del puño “cerrao”.
-Por eso te digo…
-Si hay que pagar 1 euro al año… Habrá que hacer un esfuerzo. Todo sea por la causa.
-Al año, no. Se paga al mes.
-¿Al meees?
-Sí hija, sí. Un euro al mes.
-¡Se vaya la Política al carajo!
No, sí, lo he dicho desde siempre: donde estén los muchachos de naturaleza natural y bien afeitaditos, que se quiten los musculitos y las barbucias del diablo.
-Ay, ya sabía yo que la Política no es lo tuyo, xiqueta. Más que nada porque eres apolítica…

ADAPTÁNDONOS A LAS COSTUMBRES VALENCIANAS

ADAPTÁNDONOS A LAS COSTUMBRES VALENCIANAS

Castañuelas y pandereta.

En esta comunidad de vecinos pasan cosas muy raras. O bueno, no es que pasen cosas raras: se hacen cosas raras.
Y es que, ahora mismito -a las 17:30 horas del lunes, 15 de marzo de 2020-, un hombre se está paseando por el pasillo de la última planta del bloque de enfrente, tocando una trompeta.
Y a cada cinco pasos exactos que da, da un toque de trompeta.
A lo mejor es que aún no conocemos bien las costumbres valencianas. Aunque sí sabemos que a los valencianos les gusta más un instrumento musical que a un tonto una tiza. Pero hombre, de ahí a ponerte a dar trompetadas, a la hora de la siesta, mientras recorres el pasillo…
Ya le he dicho a mi marido: Carlitines, aunque a nosotros no nos gusten los instrumentos de música, algo tenemos que hacer. Porque si no vamos a desentonar con el vecindario y nos van a mirar mal, o nos van a señalar por no integrarnos. Así que, mañana a más tardar, nos vamos a Valencia a comprar una pandereta y unos castañuelas. Y a partir de la semana que viene, después de comer, le damos a las castañuelas y a la pandereta a base de bien, al tiempo que recorremos, no uno, sino todos los pasillos de nuestro bloque y del de enfrente. Y para no ser menos que el vecino de la trompeta que va vestido con un chándal gualtrapero, tú te pones un traje de baturro y yo me visto de zíngara.
Y ea, ancha es Castilla. Porque si él toca la trompeta, tú y yo las castañuelas y la pandereta. Porque, ¿No quieres sopa? Pues toma tres tazas; que la segunda y la tercera van a ser el cante hondo y las jotas que nos vamos a marcar.
Verás tú como si alguno tenía intención de mirarnos mal se lo piensa dos veces.