Calcetines, digo Carlitines, en Tórtola. Islas Vírgenes Británicas. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Siempre que vamos de camping para ir a recorrer la montaña, mi Carlitines lleva en la mochila más pares de calcetines que años tiene mi tía la de Matalascañas. Por ello al levantarme cada mañana, le dijo con los ojos aún llenos de legañas: “andevas” ángel de amor (a no, que aquí no pega poner esto aunque mi Carlitines sea mi ángel de amor), “andevas” mi Carlitines con tantos calcetines que “paice” que en vez de ir al monte para ver colibríes vayas a tomar café a la casa de “Ines”.
Esa es otra, lo que le gusta a este hombre el café. Lo primero que hace al despertar es salir corriendo del saco de dormir y de la tienda de campaña como si fuera en busca de la plantación cafetera de Juan Valdés. Y entre el lío que se trae con los calcetines y esto de tomar café, con su lío me lía a mí también, y cuando me visto no sé dónde van los calcetines y dudo entre ponérmelos en las manos o en los pies.
Y es que este Carlitines, es mucho Carlitines. Porque guarda los calcetines como Dios le dio a entender. Así pasa después, que vamos recorriendo los montes con un calcetín del derecho y otro del revés; o con uno negro en el pie derecho y otro de color fucsia en el izquierdo.
Ya le he dicho:
-Carlitines, tú lo que tienes que hacer es sacar provecho de esto. Y patentar la idea tuya de los calcetines, que lo mismo de esta salimos de pobres.
Su respuesta siempre es la misma:
-Sí cariño. Lo que tú digas.