Puesta de sol en una de las playas de Quintay. Provincia de Valparaíso. Chile. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Cada día que pasa me siento más atrapada.
La ciudad, y la monotonía que parece imponerse a mi vida, me ahoga.
Para mí las noches son para dormir;
y los días para vivirlos a plenitud, sin cargas ni imposiciones.
Cada mañana despierto junto a la desolación;
y sus rutinas -cualquiera de ellas- hacen que sienta que nada me interesa.
Cada día debería ser distinto.

No quiero sentir que mi vida es una rueda mecánica en la que,
como si de un robot se tratara,
tuviera que realizar las mismas cosas a las mismas horas.
Porque cuando siento que ocurre eso
rompo con todo sin piedad.

Cada día debería ser distinto al anterior.
Y cada mañana y cada nuevo atardecer
añoro más y más el amanecer y la puesta de sol.
Aquí, entre el hacinamiento y la contaminación siento que me falta el aire
pues mi alma se contamina con sentimientos angustiosos.

Sentada frente a la ventana miro tras el sucio cristal.
La escena que me devuelve hace que me arrincone…
…Y mi corazón se llena de soledad.
Y es desde esa soledad
que sueño con otras auroras, otros ocasos;
que sueño con existir en un mundo
que nada tiene que ver con el mío.