Ahora ya no, la verdad. Porque estoy muy mayor y ya “pa” qué; pero de mozo… Me caguen ¡No se me escapa ni una chavala!
Actualmente vivo en Madrid aunque soy más de pueblo que las bellotas. Todavía es el día de hoy que me pongo la boina a rosca.
En busca de porvenir salí del pueblo “pa” venirme a la capital; pero aun habiendo pasado una pila de años el pueblo no ha salido de mí. Y bueno, aquí llevo más de cincuenta pues ya me jubilé.
Como estaba diciendo, ni una moza se me resistía en mi juventud.
En la ciudad encontré trabajo de pocero. No lo pagaban mal, eso de andar entre alcantarillas tenía su aquel porque me daban un extra por tener que vérmelas a diario con roedores y estar siempre entre malos olores.
Como he sido un parrandero de mucho “cuidao” los viernes, sábados y domingos, me iba a un guateque del barrio de San Blas. Del nombre no me acuerdo, ahora, de las chavalas ¡Qué mujeres! Parecían salidas de revistas extranjeras. Qué guapísimas eran; lo que me gustaba bailar con ellas. Y aquí venía un lío gordo porque cuando me preguntaban que en qué trabajaba… Qué les iba yo a decir ¿De pocero? Buh. Nada, nada. Para esos momentos críticos me inventé un oficio exótico. Les decía: tú sabes esas barcas que hay en el retiro, las que flotan en el estanque… Sabes que llevan unas palas metidas por medio, pues yo las reparo.

Las muchachas se quedaban mirándome como embelesadas, y ahí aprovechaba yo para enamorarlas volviéndoles a hablar como si fuera un literato:
-Pues mira, por donde van los remos, al ser de madera de caoba o ébano y estar en contacto con el agua se oxidan los mecanismos. Y yo voy con una aceitera de latón en forma de botella de vidrio de cuarzo así como de un color azul verdoso y les echo unas gotitas cuasi milimetradas claras y transparentes por los agujeros de los susodichos para engrasarlos y que funcionen bien y no se traben y vayan bien a gusto, cómodas y seguras las señoritas.

Para sincerarme, no sé ni lo que les decía, boberías. Pero funcionaba para la cosa del ligoteo. Y luego les preguntaba si habían ido alguna vez allí, a montarse en las barcas. Y mira, me miraban con unos ojos que les hacían chiribitas y después ya… Bueno, lo que pasaba después no lo cuento porque aun de pueblo, soy todo un caballero.
De estas andanzas mías hace tanto tiempo que apenas recuerdo grandes cosas. Ahora, ni chavalas ni parranda. Ya solo me toca ir a ver las obras y pasear con los jubilados ayudándome con la cachava.

Eso sí, la boina no me la quito “pa” na.