Caminando por las calles de la ciudad, la lluvia me cae, calándome.
Quizá sea por ser nacida en el norte de España, pero me encanta que llueva.
Y no logro comprender por qué la gente se queja tanto aquí -en el centro de la península- cuando llueve.
La lluvia es vida. Del mismo modo que lo son los rayos del sol (aunque a mí su luz me moleste por tener sensibilidad ocular).

Ranitas con “paraguas”.

Recientemente estuve de viaje en Costa Rica. Paseando por el parque lluvioso de Tortuguero no imaginé a las ranitas saltando de acá para allá tapándose con paraguas. Tampoco veo preocupación en los bellos caballos cuando -pastando en las praderas- la lluvia les cae encima. Están felices, tranquilos.
En Centroamérica pensé que tal vez los animales se adaptan mejor al sistema y a las situaciones. También pensé: si me dejaran en medio de la selva con total probabilidad no sobreviviría.
Nacimos para estar en contacto con la naturaleza y con los elementos naturales, no para escondernos o huir de ello.
¿Acaso nos hemos vuelto vulnerables?

Por contra a la felicidad de los animales, algunos seres humanos se ponen de mal genio con la lluvia. Les incómoda. Otros se ponen tristes.
¿Tristes? Qué diferentes somos. A mí la lluvia no me entristece. En cambio sí me produce una honda tristeza ver pasar los días (incluso los meses) sin que caiga una sola gota de agua del cielo.
Los días lluviosos, tildados como grises, para mí son perfectos.
Mi hijo dice que parezco un murciélago porque siempre estoy a oscuras. Qué le voy a hacer si prefiero la noche al día.

Mientras camino observo a la ciudadanía. La mayoría llevan paraguas; otros se resguardan bajo los portales. A veces oigo lamentos: ay, se me va a estropear el peinado. Uy, voy a resfriarme.
Aunque yo jamás me haya constipado por mojarme, sé que puede suceder.
Ahora, que alguien se preocupe porque la lluvia le despeine…
¡Ojalá me despeinara todos los días de mi vida! No hay nada malo en despeinarse. O eso creo yo. Lo malo sería que nada ni nadie te despeinara.
Lo que más me sorprende es ver como los que se tapan con paraguas, caminan pegados a las paredes, buscando el amparo de la techumbre. Aquí es cuando me pregunto: ¿realmente somos animales racionales?
Al final van a tener razón los que dicen que las personas no somos animales. Para tener la consideración de animal hay que tener un mínimo de raciocinio. Y esto es una cualidad que no hallo en los actos humanos.