Abajo, entre la airada multitud

mis pies cansados, tanto o más que mi alma y corazón,

al igual que yo mismo no abandonan ni se rendirán jamás.

pues hemos nacido para soportar -sin clemencia ni compasión- las batallas

hasta el final.

 

Y allí, rodeado de mentes enfermas
que solo ven saciadas sus necias necesidades
cuando el guerrero pierde la vida

aún sin haber perdido nunca lo que todos ellos no tuvieron, coraje y dignidad,
simplemente, y en estado de alerta, aguarda.

 

Allí, rodeado de gente
el esclavo nacido libre, pues ahora es propiedad de un miserable señor,
aplastado vilmente por la soledad.

 

Abajo, en el coso romano

la desigualdad es a veces, mi única arma.
Y aunque, en otras ocasiones, porte escudo y espada,
mi condición hace que siempre esté en desventaja ante el enemigo que nunca me dio motivo para ser mi verdadero rival.
Pero me siento orgulloso… Aún con todo, hasta el presente, he ganado todas las contiendas.

 

Y mientras lucho y peleo
por no perder la vida;
una vida que carece de valor…
Mi imaginación se ausenta para volar hasta tu recuerdo, amor mío,
solo porque siente nostalgia de tus abrazos y besos… De tu calor…
Y mientras peleo y lucho
en cuerpo presente
mi corazón llora tu injusta muerte;
mi alma sueña con unirse a la tuya eternamente.
Y mientras lucho y peleo
en este, que intuyo sea, el último y definitivo combate
tumbado en la arena, pues aunque la vida me está abandonando,
ya que me desangro,
por causa de la herida que me provocó
aquel al que atenaza la avaricia, inquina y vanidad
antes de que comenzara nuestro particular baile mortal
no te confundas, antaño hermano, ahora cruel ser devastador, carente de escrúpulos, exento de todo sentimiento bondadoso…
Tú, no me has derrotado.

 

Abajo… En la arena del coso romano,
me he despedido de mi inerte cuerpo físico.
Ahora, avanzo entre las altas hierbas… Hacia ti.

 

Todos los días, tras los castigos y torturas, donde la existencia consistía en ser entrenado para matar…
Maldecía al que ordenó que te asesinaran.
Y en todas y cada una de mis noches, cuando los dolores y las pesadillas me lo permitieron, soñé con este instante.

 

Aquí, lo que dejé atrás… Desaparecerá.
Sé que los dioses jamás me juzgarán
por haber asesinado al que, primero, te asesinó a ti.
Y mientras avanzo, hacia ti, y hacia el hijo de tus entrañas,
doy gracias a tu Dios al tiempo que grito
“Al fin somos libres”.