Parc del Molló. Tavernes de la Valldigna (playa). Valencia. Comunidad valenciana. España. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

EL HOMBRE QUE SECUESTRABA GRILLOS

La pasada tarde, estando Carletes y una servidora tumbados en nuestro sofá -tipo cheslong, para más señas- de color gris, tapaducos con dos mantas (a rombitos azules, blancos y marrones, también para más señas), por encima del sonido de la tele oíamos un ruido:
-¿No oyes un ruido?-. Me preguntó Carlos.
-Sí-. Le contesté .-Es un grillo.
-¿Cómo un grillo?
-Sí. Es un grillo cantando.
-Ya. Como las cigarras, ¿No?
-Sí.
-¿Pero cómo va a ser ese ruido el de un grillo, Carolineta?
-Pues si no es un grillo, será la cigarra…
-No-. Me interrumpió .-Porque si fuera la cigarra cantando se escucharía también la bandurria.
-¿Qué bandurria?
-Coño, la que tocaba la cigarra mientras cantaba…
-Déjate de chorradas y vamos a ver de dónde viene ese ruido.

Entonces, levantándonos, Carlitines y yo nos pusimos a investigar para averiguar la procedencia del ruido, (que por mucho que mi marido me contradijera, ese ruido era el de un grillo cantando).
-Mira a ver si lo hace la bombilla-. Me dijo él, señalando la lámpara de pie .-Y tras investigar, nada.
-¿Y no saldrá del televisor?-. Le pregunté yo.
-No creo.
-Mira a ver, y apágala .-Y tras apagar el televisor, nada.

Entonces, yendo hacia la cocina -está junto a la puerta de la casa-, entramos. Pero nada, allí no estaba el grillo cantor.
-¿Abro la puerta?-. Me preguntó Carlos, cogiendo el pomo de la puerta de la calle.
-Abre a ver-. Le dije yo.

Entonces, al abrir la puerta de casa, el ruido se agudizó más aún.
-¿Dónde está el grillo?-. Le pregunté a Carlitines, más mosqueada que un sordo.
-En casa del extraterrestre-. Me dijo.
Nota: es que tenemos un vecino extraterrestre, y otro al que le llaman Terremoto; y al conserje le dicen “El Serenato”. Al parecer, su abuelo, hace muchos años, se fue a cagar, “paí”, al campo. Y a falta de papel higiénico para limpiarse el culo, agarró unas plantas que se llaman serenatas (las ortigas de toda la vida, que estos valencianos le cambian el nombre a las cosas, ché. Porque las serenatas son las que dan algunos por las noches).
Y eso, que me lio sola.

Finalmente Carlos y yo descubrimos que el ruido venía de la caldera del vecino.
-Hay qué joderse-. Dijo Carlos, cerrando la puerta .-Esa caldera… Si no explota, va bien la cosa.
-Calla, calla-. Le dije yo-. ¿No ves que si explota salimos volando por los aires? .-Y tumbándome de nuevo en el sofá, dije-. Carlitines, es imposible que el ruido lo haga la caldera.
-¿Ah, sí? Entonces, ¿Qué ruido es ese, eh?
-El del grillo que el vecino tiene secuestrado en la terraza de la cocina. Así que podemos estar tranquilos, Carlitines, pues si alguien va a salir volando por los aires, serán el vecino y el grillo. Porque… Huuum… Fijo que este hombre secuestra grillos para llevárselos a su planeta en un platillo volante… Huuum… Fijo que querrán hacer experimentos con él… Porque… ¡Claro! ¡De esos experimentos salió un alien! Porque… No me digas tú que los grillos no se dan un aire a los aliens, ¿Eh Carlitines?
-Madre mía cómo está esta mujer-. Me pareció escuchar de boca de mi marido.
Y así quedó la cosa.

¿EXTRATERRESTRE O VAMPIRO?

Una duda existencial sobrevuela mi cabeza. Y es respecto al vecino extraterrestre, que tenemos puerta con puerta.
A ver, Carlitines y yo llegamos a la conclusión de que el paisano no es de este planeta. Porque tiene unas costumbres extraplanetarias, como por ejemplo:
Tener la calefacción encendida las 24 horas del día, con más de 22 grados de temperatura. (Los de la compañía del gas tienen que estar contentos con él). Y esa es otra, no veas el ruido que hace la caldera, parece un grillo. Y sale un olor a gas… Cualquier día le encuentran los bomberos, o quien sea, ahí dentro… Uf, no lo quiero ni pensar.
Ponerse a hablar en alto, a horas intempestivas.
No salir de casa, en días, ni siquiera para bajar la basura, hacer la compra o dar un paseo.
Ponerse a dar unos golpazos, de ocho a nueve de la noche, que retumba nuestra vivienda, y la de abajo… Que debe de estar saltando a la comba o se dará cabezazos contra la pared (mientras se la machaca).
-Y ahí abajo está el Parc del Molló, que es bien hermoso. Y no baja a hacer deporte-. Dice Carlos, con muy buen criterio.
-Ya-. Dije yo .-Los vecinos de abajo no deben de estar… Pues cuando vengan le van a cantar las cuarenta bien cantadas.
De todos modos, somos unos “desgraciaos”. Huyendo en Alcorcón de los ruidos de la vecina folladora de arriba, damos aquí con los de este otro.

Sin embargo, y debido a los últimos acontecimientos, pensamos que no, que no es extraterrestre, sino vampiro.

Y es que… A ver, yo os cuento y luego vosotros me decís.
Son más de la una de la tarde, y el hombre, está metido en el apartamento, soliño, y con todo “cerrao”. Y a eso de la una y media sube la persiana. Y a eso de las cuatro menos cuarto la vuelve a bajar. Y a eso de las cinco y media la vuelve a subir, y habiendo luz natural -y habiendo hecho un día soleado- vuelve a subir la persiana. Y enciende, si no todas las luces de la casa, casi todas. (Los de la compañía eléctrica tienen que dar saltos de alegría con él). Y luego vuelve a bajar la persiana. Y así se queda hasta que nosotros nos acostamos, (entre las doce y la una y media de la madrugada).
Y si esto es normal, que venga Dios y lo vea.

Ya le he dicho a mi marido: el jueves vamos a comprar al “mercao” del pueblo y traemos ristras de ajos y las ponemos alrededor de las ventanas y colgando del pomo de la puerta de casa. Y también traemos unas cebollas…
-Pero si las cebollas no repelen a los vampiros-. Dijo él.
-Es igual. Las ponemos “pa” reforzar. Y por la noche cerramos las ventanas, no sea que se transforme en murciélago y se nos meta en casa y nos haga un nido en la terraza “pa” marcar territorio.
-Sí, hombre, va a marcar territorio. Él que tenga el suyo y nosotros el nuestro.
-Pues sí. Bastante tenemos ya con estar al quite de que no se nos metan las golondrinas y las palomas…
-¡O los cuervos!
-Eso, o los cuervos; que todo son preocupaciones, coño.
-Carolineta, cuenta también que lo más cojonudo de todo es que de cruzarnos con él no le podríamos identificar. Salvo que está calvo y lleva barba no sabemos cómo es.
-No me hables de identificar porque esto ya es para pensar mal… ¿No estará cumpliendo arresto domiciliario?
Desde luego, es para sospechar.
-Y tanto, Carolineta. Y tanto.
-Y digo yo… ¿Y si no es propietario y está de alquiler?
-Propietario o inquilino, no es normal. Y punto.

YO CALVO Y TÚ COLETA

A ver, tanto Carlos como yo, somos conscientes que tenemos lo nuestro (él se dio una vez un golpazo en la cabeza que vio, del tirón, a todas las estrellas del firmamento y a todos los pajaritos que cantaba María Jesús con su acordeón, y yo me caí de la cuna de cría), pero el que tenemos aquí, a nuestra vera…
-No tiene una “pedra”, tiene tres, Carolineta-. Me acaba de decir mi marido.

Y es que a ver. Está el hombre ahí dentro, sin salir de casa “pana”, que no le da el sol ni de día ni de noche (y sabemos que está vivo porque le oímos por las noches hablar en alto) y ya nos estamos empezando a preocupar muy seriamente por él.
¡Pues no está todo el rato hablando del Coletas!
Si es que, de lo alto que habla, le oímos incluso por encima de la tele, al tío…
Y eso, que está todo el rato: que si el Coletas esto, que si el Coletas lo otro.
A ver si le va a gustar… (Tanto hablar de él).
Oye, pues menuda pareja iban a hacer: aquel con el pelo largo y este otro calvo como la madre que me va a parir a mí.
Nada, nada, que siga hablando de él.