Vista nocturna en la playa del hotel Sol Beach House Bali Benoa. Isla de Bali. Indonesia. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

A oscuras como me encontraba
no necesitaba cerrar los ojos para no ver nada.
Solo escuchaba una balada
y los múltiples acordes que salían de tu guitarra
despertaron en mí instintos pasionales;
por ello -por un solo momento- deseé
transformarme en aquel instrumento musical
para que así, tú,
pudieras abrazarme, acariciarme…
Y atraparme en tu calidez.

No sé cómo me abordó el banal deseo;
ni siquiera podría decir con certeza
por qué estuvo motivado.
Dentro de mi cabeza
lo único que había era un enorme cansancio
provocado por el mero hecho
de no haber dormido bien la pasada madrugada.
Y aunque el sueño estaba venciéndome
no podía dejar de imaginar
que yacía sobre tu regazo
convertida, ahora, en guitarra,
pensando que tú
eras un cantautor especializado
en tocar canciones románticas.

Te visualizaba sentado en un taburete
en algún lugar perdido de todos los que componen
nuestro grandioso mundo.
Allí estabas, apartado de la urbe
que evoca a la ciudad que lleva por nombre Madrid.
Mientras, tú, desde una terraza
en una isla ubicada en el Lejano Oriente,
una vez afinadas sus cuerdas
te limitas a tocar la guitarra que simboliza mi cuerpo;
y una luna llena y plateada
decora el telón que tienes al fondo.

En el mundo de mis sueños simplemente estamos tú y yo.
Y solo tú puedes romper el silencio
con la mágica música que brota de tu guitarra.
Y el silencio que ayer nos envolvió
hizo que yo cerrara de nuevas los ojos al mundo real
para poder mecerme junto a ti
y dejar que la piel que cubre mi cuerpo
fuese acariciada por las yemas de tus tersas manos.