Punta del Este. Uruguay. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Contemplando las moles de acero, cemento y cristal parece que las hayan traído de Benidorm y Nueva York. Ambas ciudades nada tienen que ver la una con la otra, salvo estar inundadas por rascacielos como tú. Qué extraña mezcla de construcciones, es como si el azar las hubiera puesto en un desorden ordenado, o a la inversa. Lástima que haya tanto artificio. El hacinamiento me impide ver las cosas al natural.
Paseando por las calles de la ciudad que estoy visitando hallo una dama. Es de color rosado y se llama Libertad.

Copia de la estatua de la Libertad. Punta del Este. Uruguay. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Es una copia, la original es colosal y viste de color verde. Hay otra réplica exacta, está en la capital de Francia. La original y la réplica son gemelas, o mellizas, porque la francesa es más pequeña; pero más grande que la que tengo ante mí.

La estatua de la Libertad. Nueva York. Estados Unidos. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Réplica de la estatua de la Libertad. París. Francia. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

Divisando las edificaciones imagino que la dama baja de su pedestal, y como si fuera Alicia en el país de las Maravillas, cambia de tamaño. Ya no es pequeñita, ha crecido como un gigante; incluso es más grande que la neoyorquina. Está frente a los edificios. Los rascacielos también han sufrido una modificación, se han transformado en fichas de dominó.
Libertad va a jugar con las titánicas piezas. Solo tiene que ponerse detrás de la última estructura y dar un empujón. Pero como en una mano lleva un libro y en la otra una antorcha, poniéndose de medio lado, la empuja con la cadera y entonces… Pum, pum, pum. Las fichas han comenzado a caer, una encima de otra. Y han quedado inclinadas.
Libertad está mirándome, y sonríe. Puede leer mi pensamiento.
La urbe está despejada y ha cobrado su verdadera belleza.
Las torres no dejaban ver la panorámica ni la inmensidad del mar.
La puesta de sol es hermosa, tanto como tú, Punta del Este.
Antaño, cuando tu tierra estaba desierta, fuiste linda y pura.
Y en este instante, despojada de la artificialidad, floreces nuevamente.
Gracias, Libertad, por haber liberado solo para mí la ciudad de Punta del Este.