Pintura en una pared de Nápoles. Italia. Foto tomada por Carolina Olivares Rodríguez.

En general, y en la parcela más intimista, debemos poner una línea divisoria para mantener a raya a los envidiosos.
La envidia es un sentimiento dañino, maligno y negativo.
Una parte del corazón del envidioso está podrido, algo en su alma es putrefacto.
El envidioso sufre y hace sufrir. Porque cuando siente envidia hacia otra persona tiene un doble pesar que le corroe por dentro: por un lado -ya de por sí- sufre por sentir envidia, y por el otro invierte grandes dosis de energía en intentar lastimar al que es foco de sentirla.
El envidioso puede acercarse a ti mostrándote la mejor de sus sonrisas, querrá quitarte algo o querrá algo de ti. Podría llegar a querer ser como tú; incluso podría querer ser tú.
El envidioso es criticón y cruel; y mentiroso. Si no logra arrebatarte lo que desea, hablará de ti a tus espaldas para desprestigiarte sin piedad, criticándote en público por poseer aquello que precisamente quiere obtener de ti.
Todas las personas somos contradictorias por naturaleza; pero el proceder del envidioso acentúa aún más la contradicción.
Todos tenemos cualidades, siempre hay algo que se nos da bien. No hay nada de malo en que “ese algo” en el que destacas sea el objetivo de una persona que se mueve en tu mismo ambiente y/o pertenece a tu círculo de amigos. El problema radica en que esa persona sea envidiosa.
Solo me resta decir: abramos bien el ojo.